Los muertos que vos matáis gozan de buena salud

Dando un salto de casi cuatro siglos, el mapa político de Coahuila en México se convirtió en el escenario moderno de la obra de Corneille.
Desde los micrófonos de la capital, las redes sociales y las tribunas del partido oficialista, los "Dorantes", así les llamamos a los rivales políticos del PRI y los analistas morenistas del centro, se dedicaron a propagar la narrativa de la “muerte absoluta del PRI” como partido en todo el país.
Los integrantes de la política morenista y rémoras contemporáneas llevaban meses declamando un monólogo idéntico: la muerte definitiva del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Con cada gubernatura perdida en el país, los rivales políticos redactaban con júbilo actas de defunción anticipadas, celebrando el fin de la hegemonía y asumiendo que el territorio norteño caería por inercia bajo la ola guinda.
Pero las elecciones de Coahuila operaron con el mismo giro dramático del teatro barroco francés.
Mientras los opositores daban los últimos toques al sepelio electoral, la maquinaria del priismo coahuilense abrió de golpe las puertas del escenario.
El resultado local no fue una resistencia agónica; fue la coreografía perfecta de un "carro completo" al ganar los 16 distritos de mayoría relativa.
Los "Dorantes", al igual que el Alcippe de Corneille, hoy se aparece el PRI, interrumpiendo el relato de su propia muerte; la estructura territorial del PRI, apoyada en la eficacia y control de la maquinaria territorial, la bandera de la seguridad y estabilidad local y la desarticulación y errores estratégicos de Morena, hizo que el fantasmal muerto se apareciera en las urnas por todo el estado con una salud electoral indiscutible, respaldada por más del 55% de los sufragios.
Los enterradores políticos se quedaron con la pala en la mano, obligados a mirar cómo el partido que daban por difunto se erguía con una victoria unánime que ni el propio oficialismo nacional ha podido replicar con tanta simetría en la entidad.
Las luces del Palacio Nacional y de los comités de la transformación no se apagan a medianoche.
No es por exceso de trabajo, sino por insomnio.
Hay un frío por los fantasmas del pasado que recorren los pasillos del poder absoluto; frío de saber que en política las victorias no son eternas y que el enemigo que declararon muerto tantas veces sigue respirando en la penumbra: los muertos hoy muy vivos del pasado.
La narrativa de Coahuila demuestra que, tanto en el teatro clásico como en la geopolítica del norte, celebrar el entierro de un rival antes de tiempo suele ser el preludio de un histórico recordatorio: los muertos de la retórica electoral suelen gozar, en su propio suelo, de una salud sumamente robusta.
La Tarea de la Suma: Reyes Heroles y el Frente Amplio
Para Jesús Reyes Heroles, el ejercicio del poder era, ante todo, un acto de equilibrio y asimilación.
El ideólogo veracruzano solía repetir una premisa fundamental: «En política, lo que no suma, resta; y lo que resta, divide».
Bajo su óptica, el PRI clásico no triunfaba por decreto divino ni por el uso bruto de la fuerza, sino por su extraordinaria flexibilidad para entender el descontento, atraer a los opositores moderados y construir grandes coaliciones de interés que dieran estabilidad a la nación.
Reyes Heroles entendía que un régimen fuerte es aquel capaz de procesar la pluralidad, no el que intenta aniquilarla.
Hoy, la terca realidad electoral ha colocado al partido ante el espejo de su propia historia.
El experimento de Coahuila demostró que el éxito contemporáneo no radica en la nostalgia en solitario, sino en la recreación pragmática de esa tesis de Reyes Heroles.
Al abrir las puertas y tejer alianzas amplias con fuerzas regionales (como la UDC) y sectores civiles, y los demás partidos, el priismo del norte demostró que la única forma de frenar una hegemonía centralista es construyendo una hegemonía de la inclusión.

