
1.
Esta semana y las inmediatamente previas han estado impregnadas de notas sobre el tema educativo: la repetición del examen para ingresar a la UNAM, a causa de las dificultades que trajo consigo la prueba en línea; la discusión sobre el uso de celulares, tabletas y laptops en primaria y secundaria; la duplicación del rezago educativo -hace 10 años seis de cada 100 infantes no asistían a la escuela, cuando hoy suman 11-; el incremento del tráfico en las grandes ciudades por el regreso a clases de niños y adolescentes, etc.
2.
Estos temas, siempre coyunturales, no escapan a la pregunta estructural: ¿cuál debería ser el objetivo de la educación?
Recuerdo la evolución que en algunos sectores sociales, casi siempre de clases medias, han tenido los criterios para escoger la escuela, más bien el colegio, de sus hijos.
A mediados del siglo pasado, una buena institución educativa era aquella que ofrecía clases de religión; hacia fines del mismo la inclusión del inglés en el plan escolar era básica; y a inicios de esta centuria la computación se convirtió en la carta de presentación fundamental.
3.
En nuestra cultura regio-sanpetrina, siempre aspiracionista, nos dirían en el sexenio pasado, era necesario que los papás hicieran esfuerzos monumentales para costear el ingreso de sus hijos a los planteles de prestigio, sin que fuera indispensable ni la instrucción religiosa, ni la inglesa, ni la computacional: lo importante era el roce que se adquiría con los compañeros, al convivir con hijos de prominentes empresarios o con sus empleados, lo que garantizaba ascenso social futuro.
Era más relevante con quién se compartía el aula, y menos los contenidos que ahí se recibían.
