Lo que la Generación Z le está diciendo al poder

Durante años se repitió una idea cómoda para quienes detentan el poder:
Que los jóvenes estaban distraídos, encapsulados en redes sociales, más interesados en causas identitarias o en su vida digital que en la política real. La Generación Z —jóvenes de 13 a 28 años de edad, nacidos entre 1997 y 2012— fue descrita como apática, impaciente y poco comprometida con la democracia.
Hoy, esa narrativa hace agua.
En distintas regiones del mundo, la Gen Z está protagonizando algunas de las protestas más relevantes de la última década.
Jóvenes en Nepal, Serbia, Filipinas, Indonesia, Kenia, Bangladesh, Marruecos o Perú han salido a las calles para exigir algo que parece elemental pero que se ha vuelto escaso: gobiernos que no roben, que funcionen y que ofrezcan futuro.
No protestan por ideología; protestan por supervivencia económica, dignidad y justicia básica.
La pregunta clave no es si estas protestas existen —están a la vista— sino si representan un momento pasajero o el inicio de una transformación política duradera.
Y, más aún, qué implicaciones tiene este fenómeno global para México.
Lo que dice la evidencia: la juventud sí importa
La investigación reciente de Erica Chenoweth, profesora de Harvard Kennedy School y una de las mayores autoridades mundiales en movimientos sociales, junto con el investigador Matthew Cebul, ofrece datos reveladores. No se trata de intuiciones ni de romanticismo generacional:
Los movimientos de protesta con amplia participación juvenil tienen más del doble de probabilidades de éxito que aquellos donde los jóvenes juegan un papel secundario.
¿Por qué? Porque los jóvenes suelen aportar volumen, energía, creatividad táctica y una capacidad singular para construir coaliciones transversales.
Además, tienen más tiempo, menos compromisos patrimoniales y una mayor disposición a asumir riesgos personales, en contextos de crisis económica, son también quienes más pierden, enfrentan desempleo, informalidad, salarios bajos y expectativas de movilidad social cada vez más frágiles.
La historia reciente confirma el patrón.
Jóvenes fueron decisivos en la caída de Joseph Estrada en Filipinas, en la Revolución del Cedro en Líbano, en el derrocamiento de Omar al-Bashir en Sudán y en múltiples movimientos anticorrupción en Europa del este y Asia.
No son casos aislados, forman parte de una tendencia de largo plazo.
La paradoja de la represión
Sin embargo, Chenoweth y Cebul subrayan una paradoja inquietante, las protestas con fuerte participación juvenil no son más violentas, pero sí reciben una represión más intensa. Regímenes autoritarios —y también democracias frágiles— suelen percibir a los jóvenes como una amenaza mayor que a otros grupos sociales.
El resultado ha sido brutal.
En años recientes hemos visto asesinatos masivos de manifestantes en Bangladesh y Tanzania, decenas de jóvenes muertos en Kenia, miles de detenidos y desaparecidos en Marruecos, la represión no solo busca sofocar la protesta inmediata, sino disciplinar a toda una generación.
Este punto es crucial para México.
La contención del descontento juvenil no depende solo de que existan canales institucionales, sino de que el Estado no cruce la línea de la criminalización sistemática, cuando eso ocurre, la protesta deja de ser episódica y se vuelve estructural.
La Gen Z no protesta “por la democracia”… pero sin democracia no hay salida
Un hallazgo especialmente relevante es que muchas protestas de la Gen Z no se articulan explícitamente como luchas por la democracia, aunque en el fondo lo sean.
Sus demandas se concentran en problemas tangibles: corrupción, inflación, servicios públicos deficientes, nepotismo, abuso de poder, falta de oportunidades.
Esto explica una aparente contradicción: aunque las encuestas muestran que la Gen Z suele declararse escéptica o decepcionada de la democracia, en la práctica es una de las generaciones más activas políticamente, el problema no es la democracia como ideal, sino una democracia que no entrega resultados.
Aquí hay una lección directa para México.
El descontento juvenil no necesariamente se expresará con consignas institucionales o discursos ideológicos, sino con reclamos muy concretos sobre empleo, vivienda, seguridad, transporte, educación y salud, ignorar esos reclamos porque “no hablan de democracia” es un error grave.
El tamaño del elefante generacional
Chenoweth y Cebul recuerdan un dato que debería quitarle el sueño a cualquier tomador de decisiones: hay alrededor de 2.8 mil millones de personas entre 10 y 29 años de edad en el mundo, casi un tercio de la población global.
Nunca antes una cohorte generacional tan grande había enfrentado, al mismo tiempo, expectativas crecientes y sistemas políticos tan rígidos.
México no es la excepción.
Nuestro país tiene una población joven significativa, con altos niveles de escolaridad comparados con generaciones anteriores, pero con menores garantías de movilidad social.
El famoso “si estudias, te irá mejor” dejó de ser una promesa creíble para millones.
Ese desfase entre expectativas y realidad es, históricamente, uno de los detonadores más poderosos de protesta.


