.jpg&w=1600&q=85)
Sí, señoras, señores, criaturas del asfalto: hoy los Estados Unidos de América soplan doscientas cincuenta velitas sobre un pastel rancio, cubierto de betún tricolor rojo, blanco, azul mientras Body Count revienta las bocinas con Cop Killer en algún sótano de Los Ángeles donde la policía prefiere no entrar.
Ice-T, profeta del caos angelino, rapea con la garganta hecha lija, recordándole al imperio su banda sonora preferida: sirenas, helicópteros, vidrios rotos.
Feliz cumpleaños, nación, el regalo viene envuelto en cinta amarilla de escena del crimen.
Donald J. Trump, emperador del copete inmortal, decidió celebrar el cuarto de julio con una feria del orgullo nacional tan fallida como un cohete de feria pueblerina mojado por la lluvia.
Globos desinflados, estrados vacíos, un mariachi contratado por error tocando Cielito Lindo frente a veteranos confundidos.
El plato fuerte: legalizar otra vez el protestantismo, como si alguien lo hubiera prohibido, firmó el decreto con pluma dorada, sonrisa de infomercial, el pulgar arriba.
La multitud cuarenta personas y un perro aplaudió con el entusiasmo de quien aplaude al dentista, sí, así se festeja un imperio en decadencia: inventando problemas para resolverlos con fanfarria.
Pero detengan la rotativa, congelen el mole, apaguen el amplificador de Body Count un momento.
Este fin de semana el balón manda.
México contra Inglaterra, la poderosa, la cuna de hooligans, la tierra donde los hermanos Gallagher de Oasis se parten la cara entre sí antes de partírsela al árbitro.
Liam camina por Manchester con lentes oscuros, parka militar, cerveza tibia, gritando Wonderwall mientras patean un bote de basura como si fuera penalti.
Noel, desde algún palco VIP, niega conocerlo, Inglaterra llega al partido con la soberbia de siempre, esa arrogancia forjada en siglos de colonialismo, fish and chips, clima horrible.
Fher de Maná, el jalisciense de melena eterna, el hombre-fusión, el tipo capaz de mezclar reggae con cumbia con rock con lo primero encontrado en el cajón de los ritmos, responde desde Guadalajara con el pecho inflado: "El domingo veremos el milagro mexicano."
Lo dice con esa voz ronca, curtida en giras interminables, noches de tequila, amaneceres en camerinos olorosos a incienso.
- Fher profetiza.
- Fher cree.
- Fher levanta el puño mientras Me Vale suena de fondo con la contundencia de un himno guerrillero.
Le vale, efectivamente, lo dice Inglaterra, lo dice la FIFA, lo dice la lógica.
Carlos Santana, desde San Francisco, acompaña la profecía con los acordes de Oye Como Va, esa guitarra líquida capaz de derretir fronteras.
El viejo brujo del Stratocaster sonríe con la calma de quien ha visto todo: Woodstock, Nixon, Reagan, Trump uno, Trump dos, Trump eterno.
La guitarra habla náhuatl, español, inglés, blues, son jarocho, suena como suena el domingo perfecto: inevitable.
Arriba del mapa, Canadá también respira.
Bryan Adams sí, el de Summer of '69, el hombre con más power ballads por metro cuadrado le compone una melodía a Donald Trump.
Hermosa, dicen los canadienses, desgarradora, dicen los críticos.
El coro repite: "Jamás seremos tu estado cincuenta y uno, jamás, Donald, jamás."
La canción suena en cada Tim Hortons del país, entre sorbos de café aguado, jarabe de maple derramado sobre panqueques patrióticos.
Adams rasga la guitarra con la furia educada del canadiense promedio: furioso por dentro, cortés por fuera, pidiendo disculpas mientras te insulta.
Canadá pasa a la siguiente ronda, Adams celebra con una reverencia, Trump tuitea algo incomprensible, el mundo gira.
Sí: Canadá avanza, Estados Unidos avanza, México avanza.
Tres naciones del mismo continente, tres vecinos incómodos, tres selecciones vivas en el torneo como cucarachas sobreviviendo al apocalipsis.
La CONCACAF entera celebra, Centroamérica llora en silencio, pero celebra por compromiso continental.
Estamos en la antesala de un capítulo de Los Simpson hecho realidad.
La final, infame, delirante, improbable como un OVNI aterrizando en el Zócalo: México contra Portugal.
El chamaco Mora piernas de resorte, descaro de barrio, regate de mercado sobre ruedas donde esquivas señoras con bolsas, diablitos cargados, perros callejeros contra el superdios Cristiano Ronaldo.
CR7, la estatua de mármol con abdominales esculpidos por el mismísimo Miguel Ángel, el hombre incapaz de envejecer, alimentado con proteína de unicornio, vanidad destilada, gel para cabello suficiente como para impermeabilizar un estadio.


