Gignac y Gabriel

José Luis Galván Hernández DETONA® El fútbol, como la vida, es una sucesión de ciclos que, de vez en cuando, deciden encontrarse en el instante exacto.

Por José Luis Galván Hernández
José Luis Galván Hernández
Foto tomada de la red.
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Hace una década, las montañas de Nuevo León recibieron a un delantero que venía del Mediterráneo francés, del Olympique de Marsella, para vestir la camiseta de un club que aquí se pronuncia casi con devoción: los Tigres.

Ese mismo año, otro destino también aterrizaba en mi vida. 

Mi hijo Gabriel llegaba desde la Ciudad de México con apenas tres años, por que regresaba con mi familia a radicar de nuevo en esta ciudad. 

Fue una coincidencia que siempre me ha parecido mística. 

Mientras André-Pierre Gignac, llegaba para conquistar una ciudad dividida entre el azul y blanco de Rayados y el azul y oro de Tigres, Gabriel pisaba por primera vez la tierra de sus ancestros: la de su padre y la de su abuelo. 

Llegaba para conocer el olor del carbón encendido en los patios, las carnes asadas y el rugido de una afición que, con razón, se hace llamar Los Incomparables.

Para mí, el fútbol siempre ha sido un hilo invisible que cose mis recuerdos con el presente de mi hijo y mi propia infancia. 

Esa noche, mientras caminábamos rumbo al estadio, le contaba que yo también había sido un niño en esas mismas butacas durante los años setenta, cuando me tocó ver los primeros campeonatos de los Tigres. 

En mi memoria aún sobreviven las fintas del Patrulla Barbadillo, la elegancia casi aristocrática de Tomás Boy y la garra eterna de Osvaldo Batocletti. 

Caminar hacia El Volcán junto a Gabriel fue cumplir un rito que se parece mucho a la religión. 

Los cánticos hacían vibrar el alma. 

Avanzábamos entre una marea humana teñida de amarillo. 

Para él, ese era un día sagrado: su primer Clásico Regiomontano en vivo. 

Dentro del estadio, cuarenta y tres mil almas ardían como una sola. 

Y en medio de ese incendio de voces apareció una imagen que parecía una paradoja: el brillo de la mirada de Gabriel, frente al crepúsculo de una leyenda. 

En la banca esperaba Gignac. 

Cuarenta años encima, algunos kilos de más, señales visibles de mil batallas y del paso inevitable del tiempo. 

Pero en su mirada seguía encendida esa llama que sólo existe en ciertos estadios del mundo. 

Una llama que, en Nuevo León, tiene nombre propio: El Volcán.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué empuja a un hombre que ya es leyenda para seguir desafiando al tiempo? 

La respuesta estaba reservada para el final. 

El partido agonizaba en un empate tenso, sin goles. 

En el minuto ochenta Gignac, entró al campo, moviéndose con la calma de quien conoce cada centímetro de ese césped como si fuera su propia casa. 

Y entonces sucedió, en el minuto 91, el tiempo se detuvo. 

  • Un balón filtrado.
  • Un giro de espaldas cargado con diez años de historia regia.
  • Un disparo seco.

La red se sacudió. 

El estadio grito ...Gooool.

Pero en ese instante yo no vi solamente al Gignac. 

Vi la alegría pura de Gabriel. 

Nos abrazamos con una fuerza que sólo conocen los estadios cuando se vuelven memoria. 

La sangre, la historia y la pasión se mezclaron en ese instante irrepetible. 

Mi hijo —aquel niño que llegó a Nuevo León con tres años, casi al mismo tiempo que el francés— celebraba ahora el gol del triunfo en lo que quizá sería el último Clásico del Bómboro. —¡Gignac, Gignac! —gritaba Gabriel con la voz quebrada. 

En ese grito había algo más que un gol. 

Había historia viva. 

De esa que no se escribe en los periódicos, sino en la memoria de las familias.  

La celebración fue casi una liturgia. 

Exhausto pero radiante, Gignac comenzó una vuelta olímpica que se sintió como despedida. 

Caminó de portería a portería, abrazó a otro guardián de esta época, Nahuel Guzmán, y saludó a cada rincón del estadio como quien agradece a una casa que lo adoptó para siempre. 

Mientras recorría el anillo del Volcán y los Incomparables coreaban su nombre, comprendí algo sencillo y profundo: la vida también juega en círculos. 

De niño tuve mis héroes. 

Y ahora, sentado a mi lado, Gabriel ya tiene el suyo:  Gignac.  

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José Luis Galván Hernández
José Luis Galván Hernández es originario de Monterrey, N L. Licenciado en Derecho y Ciencias Jurídicas y estudios de maestría en Letras Españolas, ambos por la Universidad Autónoma de Nuevo León; Máster en Derecho Público por la Universidad de Valencia, en España. Tiene estudios de artes dramáticas en la Escuela de Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras, así como en el Centro de Capacitación Artística de Televisa. Ha escrito varias obras de teatro como: “Una Historia en común”, “Desde un Teatro”, “La alegría del querer”, “El Zoológico del futuro”, entre otras. Escritor de la biografía de “Pepe Maiz, su vida hasta extrainnings”. Actor, editorialista, productor de teatro y televisión. Además ha laborado como funcionario público por más de treinta años en el ámbito cultural, desarrollo humano, entre otros, a nivel municipal, estatal y federal. Fue Diputado en la Legislación LXXIII del H. Congreso de Nuevo León. Desde el año 2009 es editorialista en diversos periódicos reconocidos, tanto en medios digitales como impresos.