
El escritor mexicano —académico de la UNAM durante medio siglo— habló ante el rey Felipe, el ministro de Cultura y destacadas figuras de la política, la academia y la vida intelectual.
Invitó a mirar hacia adelante en lugar de instalarse en la cómoda mitificación del pasado: en la retrotopía de las culturas antiguas, caracterizó.
Dijo que la nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y la cultura españolas porque le son inherentes.
Y enfatizó que, “sin la lengua española, ni México ni ningún otro país hispanoamericano hubiera podido configurar su nacionalidad”.
En su turno, el rey elogió a Gonzalo con palabras que el gobierno mexicano le escatima con una mezquindad sólo entendible desde el dogmatismo y el encono:
“Es una voz literaria consolidada, de notable elegancia y hondura reflexiva, que es, al mismo tiempo, testimonio del México moderno y espejo de la condición humana”.
Debió ganar el Cervantes y viajar a España para escucharlo de viva voz.
Gracias por ese jueves, Gonzalo.
Y por enseñarme la palabra “retrotopía”.
En la ceremonia, por cierto, el rey expresó que México y España son más que países hermanos:
“Son culturas unidas por una cercanía sincera y un afecto compartido que perdura en el tiempo”.



