Opinión

Manual breve para sobrevivir al verano (cuando el mundo ya se está incendiando)

Gerson Gómez DETONA® El verano se acerca con la puntualidad de cobrador, no acepta excusas, no importa si uno no tiene planes, dinero o siquiera ganas.
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Por Gerson Gómez
No es el verano… es el mundo.
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El calor llega como llegan las malas noticias, sin pedir permiso y con la insistencia de quien sabe no puede ser ignorado, hay algo profundamente ofensivo en la proximidad del verano cuando el mundo, en su conjunto, parece haber decidido perder la cabeza de manera colectiva y sostenida.

Antes, el verano significaba vacaciones, sudor y sandías mal cortadas. 

Hoy significa apagones, incendios forestales y una sensación térmica indistinguibles entre piel y conciencia. 

El problema no es el calor, la certeza de ya no hay refugio, ni en el clima, ni en la política, ni en la imaginación.

Planear más allá de hoy se ha convertido en un acto de arrogancia. 

¿Para hacer planes si cada mañana amanece con una nueva amenaza global, una crisis energética promete dejarnos a oscuras o un rumor de guerra ya no parece rumor sino tráiler de estreno?

El futuro se ha vuelto ese pariente incómodo, todos hablan en voz baja, como si nombrarlo pudiera empeorar las cosas.

La energía, por ejemplo, antes era invisible, como el aire o la decencia pública, ahora es lujo, moneda de cambio, chantaje disfrazado de infraestructura. 

Nos dicen ahorremos electricidad mientras los centros comerciales brillan como si fueran catedrales del consumo perpetuo. 

Nos piden responsabilidad mientras las élites encienden sus jardines a medianoche, como si la fotosíntesis fuera capricho nocturno.

El verdadero espectáculo no está en los cables ni en los combustibles, sino en las personas. 

En esta humanidad ha decidido el enemigo más accesible siempre será el otro, la xenofobia ya no es un murmullo vergonzoso, sino discurso con micrófono, aplausos y trending topic. 

El extranjero, el migrante, el distinto, todos son culpables de algo, aunque nadie sepa exactamente.

La empatía, esa virtud que alguna vez se enseñó en casa, ha sido archivada junto con los discos compactos y las promesas de campaña. 

Ayudar al prójimo ahora requiere justificación ideológica, análisis de costo-beneficio y de preferencia, un hilo explicativo en redes sociales para no ser malinterpretado.

Sentir por el otro se ha vuelto sospechoso, un lujo, una debilidad.

En México, el calor político compite dignamente con el climático, aquí, la discusión pública ha alcanzado niveles de sofisticación dignos de una sobremesa envenenada.

A la presidenta se le llama sirvienta, judía, comunista, como si las palabras fueran piedras y no reflejos de quienes las lanzan. 

La crítica, debería ser ejercicio de inteligencia, se ha convertido en deporte de insulto olímpico.