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1.
Así se dio a la tarea de abrir lo que diríamos hoy un consultorio, en el que escuchaba a los afligidos y sedaba sus tribulaciones con palabras convenientes.
Mi profesora en primaria, de historia universal, nos insistía en que cuidáramos lo que hablábamos: “algo tan chiquito como la lengua puede destruir un imperio”, sentenciaba.
2.
Y sí.
Como decimos conceptos que pueden apoyar a quienes sufren una pena, y luchan por superarla; al igual que nuestras opiniones tranquilizantes y moderadas en discusiones cada vez más ácidas y mordaces, también podemos servirnos de nuestra boca, celular o computadora, para proferir expresiones, WhatsApp’s o correos electrónicos que son hirientes y ofensivos.
La vida pública ha optado por este camino de la agresión, y si antes un político debía distinguirse por su sensatez y corrección, hoy se premia la belicosidad verbal, el insulto.

