Crónica de la silla maldita: De los franciscanos a la era digital

Vivimos en la era de la hiperconectividad, donde las campañas políticas se diseñan con Big Data y los discursos se pulen con Inteligencia Artificial.
Sin embargo, detrás de la fría fachada de la mercadotecnia digital, los hombres que aspiran a gobernar siguen arrastrando los mismos miedos ancestrales a la traición, el fracaso y la pérdida del control.
En el norte de México, cuando las pantallas de las computadoras no ofrecen certezas y el futuro político se vuelve una sombra difusa, las camionetas blindadas siguen tomando la carretera hacia Linares al amparo de la madrugada.
La tecnología predice datos, pero solo las brujas de La Petaca leen los hilos del poder.
Primera de tres crónicas: El Tablero Invisible
El verdadero poder nunca se ha llevado bien con la luz del día. Mientras el mundo se desliza fascinado entre pantallas, algoritmos e Inteligencia Artificial, en las altas esferas del norte de México se sabe que la tecnología es solo un teatro para las masas.
Los hilos que realmente mueven el destino de una elección, de un gobierno o de una traición, no se tejen con código binario, sino con fuerzas que la razón humana prefiere ignorar.
Hay una delgada línea que separa la estrategia de la superstición.
Cuando un político llega a la cima, el vértigo de perderlo todo lo vuelve vulnerable, las encuestas fallan, los asesores mienten y los satélites no pueden espiar el alma de los rivales.
Es ahí, en la medianoche del alma de los poderosos, donde surge el verdadero mapa del control. Un mapa que no se encuentra en las oficinas de cristal de Monterrey o de la Ciudad de México, sino en la quietud mística del desierto, donde el viento arrastra murmullos antiguos.
A lo largo de las décadas, camionetas con vidrios oscuros han dejado atrás las luces de las metrópolis para adentrarse en la penumbra de Linares.
Buscan el ejido donde el tiempo se dobla.
Ahí, donde la tierra huele a copal, hierbabuena y azufre, los hombres más temidos del país se despojan de sus trajes caros para arrodillarse ante mujeres de manos sabias y miradas que traspasan el tiempo.
- Ellas no necesitan satélites para ver quién ganará la próxima contienda, ni Big Data para descubrir quién está apuñalando por la espalda al candidato.
- Ellas miran el humo, el agua y las cartas, y desenredan los nudos invisibles del destino.
Porque la ambición del hombre es vieja, pero el misticismo de la tierra es eterno.
Podrán cambiar las herramientas, pero el miedo a lo desconocido sigue siendo el mismo.
La tecnología predice datos, pero solo las brujas de La Petaca leen los hilos del poder.
Los Hilos de la Historia
Se alimenta de sombras.
A lo largo de la historia, las mujeres de letras han entendido que el control político no se ejerce a plena luz, sino a través de redes invisibles.
La célebre escritora Isabel Allende lo describió con precisión poética:
"La vida está hecha de hilos de muchos colores, que se van tejiendo para formar un tapiz".
Sin embargo, en el descarnado tablero de la política, esos hilos suelen teñirse de sangre, ambición y miedo, para gobernar, los hombres siempre han necesitado a alguien que mueva los hilos por ellos.
Como advertía la filósofa política Mary Wollstonecraft, el verdadero peligro radica en aquellos que buscan el dominio absoluto:
"No deseo que tengan poder sobre los demás, sino sobre sí mismos", una regla que los políticos rompen sistemáticamente al buscar el control ajeno a cualquier precio.
En el noreste de México, ese tapiz invisible se teje con hilos de tierra, azufre y memoria colonial.
El mito de La Petaca no nació de una simple fantasía popular, nació del choque violento entre los conquistadores espirituales del siglo XVIII y las prácticas prehispánicas que se negaron a morir en el desierto.
Los monjes franciscanos intentaron exorcizar la región y sepultar el mal bajo cuatro cruces de piedra, pero lo único que lograron fue hundir las raíces de la hechicería a mayor profundidad.
Desde entonces, la política del norte quedó maldita por una verdad incómoda: ningún gobernante se asienta en la silla sin antes rendir tributo a lo oculto.
Por siglos, las curanderas de Linares no han sido simples espectadoras; han sido las arquitectas secretas del destino de gobernadores, caciques y generales.
Mientras los libros oficiales de historia registran batallas, alianzas y reformas, los diarios de las brujas registran los nombres de los poderosos que llegaron temblando de madrugada a pedir un "bloqueo" contra sus enemigos o una "limpia" con sacrificios animales para limpiar sus pecados políticos.
Ellas conocen la fragilidad de quienes se creen dioses.
La escritora de suspenso Agatha Christie sentenció alguna vez una cruda realidad histórica:
"Hay gente encerrada contra su voluntad de mil maneras distintas", en el caso de los gobernantes, están atrapados por la paranoia de su propia caída.
Hoy en día, las oficinas gubernamentales pretenden haber sustituido los antiguos altares por bases de datos y pantallas táctiles.
Creen que el destino se puede domesticar con estadísticas.
Pero el miedo a la traición humana sigue siendo idéntico al que sentían los reyes coloniales.
Cuando el abismo político se abre y las pantallas se apagan, el poderoso sabe perfectamente a dónde acudir.
La tecnología predice datos, pero solo las brujas de La Petaca leen los hilos del poder.

