Iker, Will “y un tal Rocha”

En Tampico, la gente lo supo de inmediato: había llegado un "Norte".
El mar, antes tranquilo, empezó a rugir, en medio de ese vendaval caminaban ellos, dos siluetas que desafiaban la gravedad de la historia:
Iker, mi hijo, moreno de luz propia, larguirucho y de risa fácil, y Will, llegado desde el desierto de Albuquerque, de piel clara, cabello castaño y ojos que buscaban entender un horizonte nuevo.
El intercambio académico entre la UDEM y la Escuela Bosque School los había puesto ahí, donde el viento no es solo clima, sino una fuerza que te obliga a caminar cerca del otro para no perder el equilibrio.
Mientras ese viento despeinaba a los adolescentes, otro "Norte" mucho más gélido y político soplaba desde Washington.
No traía arena, sino una sentencia dictada en los despachos del Departamento de Justicia, la noticia corría como pólvora, el gobierno de Estados Unidos lanzaba su ofensiva contra el gobernador sinaloense.
Lo que para los pescadores de Tampico era un cambio de marea, para Rubén Rocha era un naufragio anunciado.
Desde el norte, el imperio reclamaba cuentas por cargos de narcotráfico, y el rugido de la justicia estadounidense resonaba en Palacio Nacional con la misma fuerza con que el oleaje golpeaba los muros del puerto.
Iker y Will se detuvieron frente al mar embravecido.
El joven de Albuquerque miraba las olas con un respeto casi sagrado, Iker le explicaba, entre gritos para vencer al viento, que México es esto:
Un lugar donde la belleza y el peligro comparten el mismo aire, Will, en su inglés pausado, solo sonrió, a pesar de las diferencias de piel, de idioma y de banderas, la amistad operaba en ellos como un lenguaje secreto.
Para estos estudiantes, el "Norte" era solo una anécdota climática que les permitiría compartir una historia más, en sus risas, la frontera de tres mil kilómetros se reducía a un palmo de arena.
Sin embargo, para la soberanía de México, el "Norte" era una humillación geopolítica.
Mientras la Presidenta alzaba un escudo de palabras para defender lo que la FGR llamaba "especulaciones", el asedio sobre Rocha se volvía insoportable. Trump, con la mira puesta en su capital político, exigía la extradición como quien pide un trofeo de caza.
El gobernador, atrincherado en su propia sombra, sentía que el aire se le escapaba, la licencia del cargo no era un trámite, era el reconocimiento de que cuando el Norte ruge con tal intensidad, los edificios del poder que no tienen cimientos de verdad se resquebrajan.
Regresamos al Centro Histórico, al downtown de Tampico.
Bajo el kiosco de la Plaza de Armas, la Banda Municipal comenzó a tocar, pasamos del rigor del Himno Nacional a la nostalgia de un pasodoble, con el aire desde más allá del Atlántico.
Y llegando de Europa el aire se llenó con las notas de Cinema Paradiso de Ennio Morricone, en ese momento, frente a la imponente Catedral y el Palacio Municipal, la música logró lo que la diplomacia no puede: acallar el estruendo de la guerra política.
No sé si Rocha es culpable o si la frontera es una cicatriz necesaria. Lo que sé es que, en esa plaza, el "Norte" de la política se desvaneció frente al "Norte" de la amistad.
Vi a dos jóvenes de mundos distintos platicando de cualquier " tontería, literal ", unidos por un intercambio que nació en las aulas y creció en este viaje.
Al final, somos una sola América, desde Albuquerque hasta Monterrey, o Tampico como en este puente; una tierra donde los jóvenes permanecen, como el mar, siempre renovándose, siempre unidos, sin saber —ni querer entender— de muros.


