SIN CENSURA

¿Qué es lo que nadie te cuenta del caso de La Tía Paty que cimbrará a la sociedad regiomontana?

Eloy Garza DETONA®  Lo que leerás en esta columna en los próximos días es el resultado de una investigación de varios meses de un caso tan patético como complejo, tanto o más de lo que imaginas. 

Por Eloy Garza
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Foto tomada de la red
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Se trata del caso del sitio —o los sitios en redes sociales— de La Tía Paty. 

A lo largo de varios episodios te explicaré que esta red criminal es una de las más graves de la justicia mexicana. 

No tiene parangón en ninguna parte de México ni de otros países, es un modus operandi tan escandaloso como original. 

La Fiscalía General de Justicia de Nuevo León informó la detención de Astrid “N” y César “N”, presuntos operadores de la red digital conocida como “La Tía Paty”.

Una estructura que generó miedo, venganzas y duelo entre residentes de Monterrey y su área metropolitana, combinando la difusión de chismes con un esquema brutal y sádico de extorsión.

Inició como cuentas en Instagram aparentemente frívolas e intrascendentes dedicadas a publicar “quemones”.

—Señalamientos de infidelidades, fraudes o conductas privadas, muchas veces sin verificación—, hasta que, con un plan maestro y mercantilmente perverso, evolucionó a una operación plenamente criminal. 

Las publicaciones virales servían como fachada para atraer atención y demostrar poder sobre las víctimas, eran como una telaraña en la que quedaron atrapadas decenas de personas de todas las clases sociales, no es una vendetta ni un arreglo de cuentas entre ricos. 

Los administradores migraron parte de sus actividades delictivas a Telegram, donde crearon canales segmentados que llegaron a sumar más de 70,000 miembros. 

En realidad, tomando en cuenta diversos tentáculos y extensiones, afectaron a más de 100,000 personas. 

En estos espacios privados se comercializaba acceso a “contenido exclusivo” mediante pagos que rondaban entre los $300 pesos y $1,000 pesos. 

El material sensible —fotografías y videos íntimos—.

Lo obtuvieron a través de diversos mecanismos: 

  • Engaños a víctimas con promesas de citas, visibilidad o encuentros con personas de alto poder adquisitivo, suplantación de identidad, o recepción de denuncias anónimas enviadas por usuarios comunes, motivados por morbo o venganza. 

Una vez en posesión del contenido, se procedía a su difusión controlada en plataformas abiertas para generar daño reputacional inmediato.

El paso siguiente era el más cruel: 

  • Consistía en el contacto directo con las víctimas a través de mensajes privados. 

Se exigía el pago de sumas variables —en algunos casos de casi $700,000 pesos— a cambio de retirar las publicaciones o evitar su escalada. 

El pago no siempre garantizaba el cese definitivo, porque el material se conservaba para demandas futuras, un bucle espantoso, deleznable y vil. 

Este ciclo se repetía cuando las víctimas intentaban denunciar o alertar a otras personas.

Eloy Garza
Es abogado, maestro en Letras por la UNAM y máster en Tecnologías de la Información por la Universidad Oberta de Cataluña. Escribe para diversos medios de comunicación.