Opinión

Los niños del plomo

Gerson Gómez DETONA® En Monterrey el aire tiene memoria.
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Por Gerson Gómez
En Monterrey el progreso también se respira… y no siempre es aire limpio.
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No es metáfora, es archivo flotante de metales pesados, expediente entrando por la nariz, se instala en la sangre y firma su residencia en los cuerpos más pequeños.

Aquí, donde se presume la cultura del acero, los niños cargan también su propia aleación, plomo, zinc, cadmio, una tabla periódica íntima sin elección.

Dicen el progreso huele a industria, en San Nicolás, Apodaca, Escobedo, el progreso huele a algo más, a polvo invisible se posa sobre los patios, las ventanas, los pulmones. 

En la colonia Anáhuac, en la Roble, en la Cuauhtémoc, el desayuno incluye pan, café y una ligera capa de partículas, nadie invitó, pero siempre llegan. 

El viento del norte no trae solo frío, trae historia industrial pulverizada.

Las madres lo saben sin necesidad de leer estudios, lo intuyen en el cansancio de sus hijos, en la dificultad para concentrarse, en los dolores de cabeza no corresponden a la edad. 

Luego llegan los análisis clínicos y lo confirman con una elegancia brutal.

Niveles de plomo por encima de lo permitido, los estándares internacionales, esos suenan tan lejanos como una promesa de primer mundo, aquí son apenas una referencia decorativa.

Hay quien diría exageramos, Monterrey es fuerte, resiliente, trabajador, la industria nos dio identidad.

Y sí, también nos dio otra cosa, un suelo que guarda secretos, bajo ciertas zonas, como si fueran cápsulas del tiempo malditas, yacen millones de residuos tóxicos enterrados con la misma discreción. 

Se esconden los errores, encima construimos plazas, parques, fraccionamientos, arriba paseamos.

El Paseo Santa Lucía, por ejemplo, es una postal.

Agua serpentea, parejas tomándose fotos, turistas no sospechan bajo sus pasos duerme una geografía menos romántica.

Centrika, con sus edificios modernos y su aire de renovación urbana, se levanta sobre terrenos. 

Tuvieron otra vida, menos estética y más química, aquí la ironía es arquitectónica, hacemos ciudad sobre la enfermedad.

En San Nicolás, alguien podría ofrecerte una mansión en la mejor calle de la Anáhuac, con alberca, cochera triple, jardín, gratis y aun así habría pensarlo dos veces. 

Porque no se trata del tamaño de la casa, sino de lo que flota en el aire y se esconde en la tierra, una residencia puede ser hermosa y al mismo tiempo, inhabitable en un sentido más profundo, más silencioso.