

La repiten startups, ejecutivos jóvenes y emprendedores que sienten que la burocracia les respira en la nuca.
Y claro, suena rebelde… hasta que notas que algunos la usan para operar como si fueran adolescentes con tarjeta que no es suya.
Innovar es bonito; hacer travesuras disfrazadas de “visión” ya no tanto.
Porque una cosa es empujar límites, y otra muy distinta es hacer como que no existen.
El problema es fácil de ver: hoy confundimos ir rápido con ir bien.
Si una empresa acelera, es “innovadora”.
Si rompe algo, es “disruptiva”.
Si ignora reglas, “está adelantada a su tiempo”.
Ajá. O adelantada a su multa.
La delgada línea
Toda innovación implica retar un límite.
Pero en 2025, varias empresas ya no lo retan: lo hacen pedazos.
- Fintechs que operan como si la seguridad fuera un trámite opcional.
- Empresas que tratan los datos personales como muestra gratis en el súper.
- Plataformas que entran a mercados sin permisos, sin auditorías y sin idea… pero con oficinas dignas de Pinterest.
La rebeldía empresarial dejó de ser una actitud y se volvió la excusa premium para no hacerse responsable.
Y lo que nadie quiere aceptar es lo más básico:
innovar no es romper reglas, es mejorar la vida de la gente sin romper la confianza de todos los demás.






