A Jaime Rodríguez Calderón

Hace justo una década, una vieja encorvada salió de su casa a comprar un litro de leche.
Caminó varias cuadras con una pañoleta en la cabeza y una bolsa de plástico colgando del antebrazo derecho hasta encontrar un tendajo de quinta, mal iluminado por un anuncio de neón que prendía y apagaba intermitente.
Un negro fornido en camiseta sin mangas atendió a la vieja.
Varios vándalos se adelantaron para pagar primero. El negro los paró en seco: primero la anciana, les dijo.
Ella sacó un monedero desgastado, vaciló porque no supo contar las monedas en su mano y soltó un lloriqueo de niña sorprendida en falta. Los vándalos se burlaron de la mujer. El negro llamó a la policía.
Este despachador comprensivo con la gente de la tercera edad nunca supo que esa anciana de mirada ausente, con una pañoleta en la cabeza como cuidando una migraña imaginaria y una bolsa de plástico colgando del antebrazo derecho, había cambiado la forma de hacer política en el Siglo XX.
Y lo hizo sin derramar una sola lágrima, sin mostrar el menor signo de debilidad, sin tentarse el corazón a la hora de reprimir sindicatos, bombardear islas lejanas, vulnerar el marcado laboral, poner en su lugar a los propios amos y señores de su Partido Conservador y abrir las compuertas a la marea incontenible del libre mercado.
En sus buenos tiempos la apodaron "La Dama de Hierro". Se llamaba Margaret Thatcher.
Como estadista, doña Margaret albergó en su mente un cúmulo de contradicciones.
¿Fue estatista? No. ¿Necesitó un Estado fuerte para lograr su Revolución Neoliberal? Sí.


