Opinión

Los heraldos del verano

Gerson Gómez DETONA® Cada fin de ciclo escolar, igual al regreso de las golondrinas, al arribo de los huracanes o al incremento milagroso del precio del limón, aparece la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación.

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Por Gerson Gómez
Los calendarios anuncian el verano. La política anuncia otra temporada de marchas, negociaciones y acuerdos de siempre.
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Ningún astrónomo logra explicar semejante precisión cósmica.

Terminan las clases, salen los alumnos, llegan los plantones. 

  • Tradición nacional.
  • Patrimonio inmaterial de la república.
  • Ritual administrativo con aroma a bloqueos carreteros.

Desde los tiempos del presidente Vicente Fox, la CNTE aprendió una lección fundamental: ningún gobierno soporta durante mucho tiempo el espectáculo de miles de maestros instalados frente a los edificios públicos.

Menos aun cuando las cámaras internacionales comienzan a transmitir imágenes donde los turistas preguntan si se trata de una revolución, una feria artesanal o una invasión marciana.

El año 2006 convirtió a Oaxaca en laboratorio nacional del caos organizado, las protestas magisteriales evolucionaron hacia una crisis política monumental. 

Barricadas, radios tomadas, marchas interminables y una narrativa donde cada actor juraba representar al pueblo entero, entre aquellos personajes apareció Flavio Sosa, convertido en símbolo de una insurrección cuya memoria sigue dividiendo opiniones.

Durante aquellos meses, el estado pareció una película filmada por un director incapaz de decidir entre documental, tragedia griega o comedia involuntaria. 

Las calles funcionaban como parlamento, tribunal, noticiero y escenario teatral, nadie sabía quién mandaba, todos aseguraban tener razón.

Llegó después el sexenio de Felipe Calderón. 

El país entero se llenó de uniformes, retenes y discursos sobre el orden, la CNTE descubrió rápidamente algo fundamental: ningún gobierno renuncia al diálogo mientras exista la posibilidad de evitar fotografías incómodas. 

Hubo negociaciones, tensiones, desalojos y enfrentamientos, cada episodio alimentó una narrativa donde los dirigentes aparecían como héroes populares o como profesionales del conflicto, según la estación de radio elegida.

Más tarde arribó Enrique Peña Nieto con la reforma educativa, aquella propuesta fue interpretada por amplios sectores del magisterio disidente como una declaración formal de guerra. 

  • Las calles volvieron a llenarse.
  • Los bloqueos regresaron.
  • Los discursos se endurecieron.

La historia alcanzó uno de sus capítulos más oscuros con los acontecimientos de Nochixtlán, desde entonces, la palabra represión quedó grabada en la memoria colectiva de la CNTE

Cada marcha posterior encontró combustible en aquellos recuerdos, cada consigna recordó viejas heridas, cada negociación cargó fantasmas del pasado.

Sin embargo, la política mexicana posee un talento extraordinario: transformar enemigos irreconciliables en aliados circunstanciales mediante el uso terapéutico del presupuesto público.

Allí comienza otra historia, de los liderazgos, los intermediarios, los gestores profesionales del descontento.

Las bases duermen bajo lonas, soportan lluvias, insolaciones y promesas recicladas, ciertos dirigentes descubren la magia de las oficinas climatizadas. 

El revolucionario permanente suele desarrollar una sorprendente habilidad para administrar recursos públicos.

Durante años, Oaxaca se convirtió en territorio privilegiado para tales operaciones, los sindicales negociaban, el gobierno, los intermediarios, todos. 

Al final, los únicos sorprendidos parecían los contribuyentes.