La Edad de Oro

Hace algunos años, muy temprano por la mañana, antes de abordar, un taxista me confesó que venía de pasar la noche con su novia y estaba un poco desvelado.
Le pregunté si podía manejar así. Como aseguró que sí, pues abordé.
Fue un viaje con una charla bastante divertida donde me enteré que el joven era un médico titulado pero sin empleo.
En otra ocasión el chofer de un taxi, de los verdes, me dijo entre la charla que era arquitecto.
Era un hombre maduro, con experiencia en su profesión, pero se quedó sin trabajo y tuvo que rentar el vehículo para mantener a su familia.
Y así me encontraba con frecuencia profesionistas de todas las edades. ¡Lamentable!
Esto sucedía antaño, en la Edad de Oro de los regímenes mexicanos...
...cuando no llegaba todavía don Andrés a “descomponerlo” todo y sumirnos en la angustia, la miseria, la corrupción, el desprestigio mundial y el suicidio civil.
Todos éramos felices, ricos y con un futuro prometedor... ¡Por supuesto que es sarcasmo!
Aquella edad de oro era en realidad de pirita, el oro de los tontos.
Sólo que cuando todo está estable, solemos sentirnos seguros, así estemos de puntas en un pie y al borde de un precipicio.
El sobresalto sucede cuando perdemos pisada y caemos, ya sea del lado de tierra firme o del lado del abismo.
Esto pasa hoy, cuando perdimos el precario equilibrio que teníamos y estamos cayendo.
Y todavía no sabemos hacia dónde caemos. Creo que la sociedad mexicana está en ese tránsito, y los más espantados son los que están más lejos del suelo.
Total, millones no pasaríamos de una simple luxación; malo los que se precipitan desde las alturas, ¡saben que les esperaría un soberano porrazo!
Es interesante cómo vivimos engañados con ese pasado feliz.
Tenemos una historia de:
- Masacres.
- Abusos.
- Inseguridad.
- Corrupción.
- Fraudes electorales.
- Pobreza.
- Enfermedad.
- Desastres económicos.
- Represión.
- Injusticia.


