
Les platico:
Dejó de ser la última trinchera del equilibrio entre la política y el poder del dinero, que lo fue hace mucho años, cuando empresarios de la talla de Eugenio Garza Sada -y otros de su generación- eran consultados por presidentes como Luis Echeverría -y otros de su generación- en temas de interés nacional.

Las nuevas camadas de la I.P. se dividen en dos grupos:
1.-
Los que critican y censuran al gobierno socialista de López Obrador, pero lo hacen desde la comodidad y conveniencia del anonimato, mientras mueven sus multimillonarios capitales a otros países, porque allá encuentran la seguridad y certeza jurídica que acá es cada vez más rala y exigua.
Estos tienen miedo a participar activa y públicamente en política, porque recitan el mantra de que sus empresas serán públicas, pero no políticas.
Manejan como excusa que sus empresas cotizan en la Bolsa de Valores, y por ende, tienen consejeros que están expuestos al escrutinio y los hay de todas las filias y fobias políticas.
Caray, si por eso no participan en política, ¿por qué no se desenlistan de la Bolsa y acaban de una vez con ese pretexto?
2.-

Los que hacen fila en la antesala del Palacio Nacional, donde los hacen firmar acuerdos para bajar precios, fomentar empleo e inversiones, que no pasan del “papel estraza” en el que estampan sus rúbricas, y que no van más allá de apoyar al gobierno mediante la compra de bienes expropiados a delincuentes, como la casa que era del chino Zhenli Ye Gon.
Que no van más allá de exhibirse en la versión mexicana del Shark Tank gringo.
