La política contra la realidad

Todos los partidos políticos quieren el poder.
Es natural, esa es su razón de ser, existen para ganar elecciones y formar gobiernos.
Tienen una visión de país y buscan moldear el futuro de una nación, un partido que renuncia a conquistar el poder deja de ser un actor político para convertirse en un club desorganizado de opiniones.
El verdadero peligro aparece cuando un partido —sea gobierno u oposición— concluye que reconocer la realidad representa un mayor riesgo político que negarla.
Y parecería que estamos ahora en ese escenario.
Admitir errores, aceptar datos incómodos o reconocer que una política pública no está funcionando puede tener costos inmediatos:
Pérdida de popularidad, críticas de la oposición, descontento de la militancia o debilitamiento del liderazgo.
En cambio, negar los hechos, reinterpretarlos o construir una narrativa alternativa suele ofrecer beneficios políticos de corto plazo.
Sin embargo, la historia demuestra que casi ninguna decisión resulta tan costosa para un país como gobernar sobre una realidad imaginaria.
La teoría de la negación de la realidad
Uno de los estudios más importantes sobre este fenómeno fue realizado por el sociólogo británico Stanley Cohen en su libro States of Denial.
Explica que individuos, organizaciones y gobiernos desarrollan mecanismos para evitar reconocer hechos que amenazan su legitimidad o sus creencias.
La negación no suele consistir en decir que algo no ocurrió, es mucho más sofisticada, consiste en minimizar los hechos, cambiarles el nombre. Buscar culpables externos.
- Redefinir los indicadores.
- Descalificar a quien presenta la evidencia.
- Cambiar la conversación.
En otras palabras, construir una explicación políticamente conveniente aunque resulte objetivamente falsa.
La negación permite ganar tiempo, pero rara vez resuelve los problemas.
La disonancia cognitiva del poder
El psicólogo Leon Festinger, creador de la teoría de la disonancia cognitiva, explicó que cuando los hechos contradicen nuestras creencias profundas experimentamos una tensión psicológica.
Existen dos caminos para eliminar esa tensión:
- Cambiar nuestras ideas.
- O reinterpretar la realidad.
La mayoría de las personas escoge la segunda opción, los partidos políticos también.
- Cuando los datos económicos contradicen el discurso oficial, se desacreditan las estadísticas.
- Cuando aumentan ciertos delitos, se cuestionan las mediciones.
- Cuando una política pública fracasa, se culpa al pasado, a los medios, a los adversarios o al contexto internacional.
Pero exactamente el mismo mecanismo aparece en la oposición.
Cuando el gobierno logra avances reales —por ejemplo, en programas sociales, infraestructura, inversión o estabilidad macroeconómica— algunas fuerzas opositoras simplemente los ignoran porque reconocerlos rompería la narrativa de que todo marcha mal.
La negación no pertenece a una ideología, pertenece a la naturaleza humana.
La marcha de la insensatez
La historiadora Barbara W. Tuchman, en su extraordinario libro The March of Folly, estudió algunos de los mayores errores políticos de la historia:
La guerra de Troya, los Papas del Renacimiento, la pérdida de las colonias británicas en América y la guerra de Vietnam.
Encontró un patrón sorprendente, los gobiernos sabían que sus decisiones estaban fracasando, había evidencia, advertencias y alternativas.
Sin embargo, persistieron, ¿por qué? Porque políticamente resultaba más sencillo insistir en el error que reconocerlo.
Su conclusión parece escrita para muchas democracias contemporáneas:
Los gobiernos no fracasan solamente por falta de información, fracasan porque desarrollan una incapacidad para aceptar información que contradice sus decisiones.
El pensamiento grupal
El psicólogo Irving Janis, autor de la teoría del groupthink, explicó cómo los grupos muy cohesionados terminan convencidos de su propia infalibilidad, aparecen varias señales inconfundibles.
- Todos parecen estar de acuerdo.
- Nadie cuestiona al líder.
- Las voces críticas desaparecen.
- Las malas noticias dejan de circular.
- Quienes presentan datos incómodos son marginados.
Poco a poco la organización deja de tomar decisiones basadas en evidencia y comienza a decidir con base en consenso interno.
Muchas derrotas electorales inesperadas tienen exactamente ese origen.
Nadie quiso decirle la verdad al dirigente.
Las mentiras públicas
El economista de la Universidad de Duke Timur Kuran, en Private Truths, Public Lies, estudió otro fenómeno fascinante:
La falsificación de preferencias, las personas muchas veces expresan públicamente opiniones que en realidad no comparten.
Ocurrió en Europa del Este antes de la caída del comunismo, durante años parecía existir un apoyo masivo a los regímenes socialistas, en realidad millones de ciudadanos habían dejado de creer en ellos.
Simplemente nadie se atrevía a decirlo, cuando finalmente la verdad salió a la luz, los sistemas colapsaron con una velocidad que sorprendió al mundo.
- La enseñanza para cualquier partido político es evidente.
- Los aplausos no siempre representan apoyo.
- El silencio tampoco significa aprobación.
- Las encuestas internas pueden convertirse en espejos deformados cuando nadie quiere transmitir malas noticias.
Las burbujas digitales
El jurista Cass Sunstein, profesor de Harvard, ha demostrado en #Republic y en Going to Extremes que las redes sociales favorecen la formación de cámaras de eco.
Los algoritmos muestran principalmente aquello con lo que ya estamos de acuerdo, los partidos terminan escuchando únicamente a sus simpatizantes.
Confunden las tendencias de X o TikTok con el sentir nacional, creen que un hashtag representa a millones de votantes.
La consecuencia es devastadora, diseñan campañas para convencer a quienes ya estaban convencidos, mientras tanto, el electorado moderado observa con creciente distancia una discusión que cada vez le resulta más ajena.
