La Purga de los Incorruptibles: los lamentos de los tontos útiles

Él, que había pasado tres décadas defendiendo las sagradas escrituras de la doctrina panista —el bien común, la ética empresarial, la democracia fundacional—, se encontraba ahora en la banqueta, devorado por la maquinaria que ayudó a aceitar.
Su tragedia, sin embargo, no era un fenómeno aislado de la derecha; a unas cuantas calles de distancia, en un café de tintes revolucionarios, el camarada Fausto masticaba su propia amargura marxista tras haber sido expulsado del movimiento de izquierda que vio nacer.
Ambos compartían la misma condición patológica:
Eran los puros, los incorruptibles, los santos laicos de la política que acababan de descubrir que solo habían sido la carne de cañón de una camarilla pragmática.
La narrativa del dolor de Ataulfo era una sinfonía de mamadas doctrinales.
En su cuenta de Facebook publicaba manifiestos solemnes donde denunciaba cómo una horda de bárbaros se había apoderado del comité estatal mediante el reparto de despensas y la promesa de regidurías.
«Nos bloquearon a los verdaderos demócratas, a los que custodiamos la llama de los fundadores», escribía con el pecho inflamado de indignación moral.
Ataulfo no podía procesar que a la nueva dirigencia la doctrina le importaba un comino; para los nuevos dueños del logotipo, el partido no era un templo de la democracia, sino una franquicia de licitaciones y puestos plurinominales.
Su pureza moral era un estorbo para el verdadero negocio.
Por su parte, Fausto operaba bajo la misma ilusión, pero con diferente México.
Su lamento consistía en acusar a la "mafia arribista burguesa" que había secuestrado la dirigencia del partido de izquierda, desplazando a las bases históricas para imponer a candidatos externos que tres años antes vestían de corbata y defendían el libre mercado.
«Es una traición a la praxis revolucionaria; nos han purgado a las mentes más preclaras del movimiento», arengaba Fausto en asambleas desiertas de tres personas. Al igual que Ataulfo, se negaba a aceptar que las camarillas no buscaban la justicia social, sino la acumulación bruta de votos y presupuestos.
El análisis de ambos casos revela la cumbre de la ingenuidad política: la figura del tonto útil desechable.
Tanto el derechista que marchaba por la "libertad institucional" como el izquierdista que cerraba calles por la "emancipación del pueblo" funcionaron como el motor ideal para encumbrar a cínicos profesionales.
Las cúpulas partidistas, expertas en la geometría del poder, utilizaron la honestidad y la fe ciega de estos militantes como combustible.
Una vez alcanzado el poder, el idealismo de Ataulfo y Fausto se volvió incómodo: una voz molesta que exigía congruencia donde solo se requería obediencia.
Al final, despojados de sus cargos, candidaturas y dignidades, los dos exmilitantes se convirtieron en fabricantes de mamadas y fruslerías nostálgicas en las redes sociales.
Lloraban la pérdida de una democracia que nunca existió más que en sus propias cabezas, sin entender que en el tablero real de la política, las camarillas no buscan santos para sus altares, sino peones que se dejen sacrificar sonriendo con la bandera en la mano.
Bienaventurados los que se tragan sus propias mentiras sobre la democracia, porque vivirán en un eterno parque de diversiones donde cada promesa de campaña es una verdad matemática y democrática y cada aplauso es un acto de justicia social.

