La tragedia minera
Siempre Coahuila. También lo ha sido en Sonora. Las condiciones laborales son deleznables. Quienes laboran ahí lo hacen a sabiendo del precio.
Entrar en el cuerpo de una mina es jugar la ruleta rusa. Salvo en el tambor de seis tiros, los espacios están ocupados.
El viaje desde el centro del país del presidente no reconforta a los seguros deudos. Mantiene el dedo en la llaga. Poco o nada, ha cambiado desde la época colonial.
Se le paga a destajo a los mineros. Apenas completan por encima del mínimo. Sus condiciones en el hogar son idénticas a las de la época revolucionaria.
Las privaciones de los equipos de seguridad, el alto índice de mortandad y la precaria posibilidad de progreso social, deja poco margen de acción.
Rezar por la postergación con vida de los mineros es la utopía de la cristiandad.
Debemos concientizar a quienes cotizan y a quienes contratan al personal humano. Construir puentes no políticos ni serviles, para quienes, desde la comodidad de las oficinas, llevan el conteo de la extracción de minerales.
Encauzar a las familias mineras para evitar el circulo de envejecimiento de las poblaciones a los costados de esas excavaciones.


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