La transformación de Claudia

La narrativa de campaña de Claudia Sheinbaum intenta vender la idea de que su radicalismo -rayano en el fanatismo, su respaldo incondicional al presidente y su temperamento volátil fueron meras tácticas para ganar la nominación del oficialismo.
Sus apologistas apuestan a que, de la noche a la mañana, estará convertida en una “estadista”: demócrata, plural, tolerante.
Suena bien la perorata, pero tiene un problema: es falsa.
El zorro cambia de pelo, nunca de mañas.
Lo que está intentando hacer es aparentar ser lo que un grueso electorado desea: una presidenta que termine la polarización, minimice el conflicto y enfríe la política.
Es lo que hizo el presidente -¿recuerdan la República del Amor? ¿La ven en algún lado?- para ganar votos.
Todavía la noche de su triunfo, el presidente que se va mostró su dualidad: un discurso de altura en un hotel y uno de populista en el Zócalo.
Pero a la corcholata morenista Sheinbaum la desmienten no sus palabras, sino su historia.
Fue designada candidata por radical, no por moderada. Así lo declaró el Gran Destapador.
Fue ella la principal promotora entre gobernadores para matar al INE y luego para destazarlo. Ahí están sus desplegados.
Emprendió una persecución feroz contra alcaldes de oposición una vez que fue derrotada en las urnas.
El tema llegó al grado de que un granadero -que según ya no existen, pero gozan de cabal de salud- lastimó a Lía Limón, alcaldesa electa de Álvaro Obregón, para impedirle el acceso al Congreso.

