
Tras conversar ayer con José Abud Flores (73 años), recordé a quienes proponen no olvidar que el hombre es el único ser capaz de imponerle condiciones a su destino.
José es el rector de la Universidad Autónoma de Campeche a quien, con el cuento de que traía droga en su camioneta, agentes al servicio de la gobernadora Layda Sansores detuvieron y encarcelaron el tiempo necesario para destituirlo de la rectoría.
Nueva atrocidad —en mayúsculas— de ese régimen.
Aún bajo proceso, me dijo estar muy contento de reencontrarse con su familia y de saber que “muchas personas que cultivan la libertad y la justicia” estuvieron de su lado.
Sin embargo, subrayó que no deseaba regresar a la rectoría, ya que, desde el 12 de enero, la Universidad “cambió radicalmente, hay una persecución interna y no podría trabajar con gente amenazada e impulsada para destituirme sin ninguna razón”.
Le dije entonces que la trampa y la malignidad habían sido exitosas.
“Sí, claro”, respondió.
Así concluyó su gestión de tres años al frente de una universidad de 11 mil alumnos.
En una derrota.

