
El hablar lento enmascara ese pensamiento torvo del ególatra y sociópata que se arroga todo lo positivo y nunca es culpable si algo salió mal
Tiene un amplio repertorio de ideas simples y frases fáciles a las que se aferra.
Porque para Andrés Manuel López Obrador gobernar es un concurso en que se conceden puntos por palabrería, por tener a la mano rápidas respuestas, de ser posible contundentes y que dejen callado o pasmado al auditorio.
Desde su imaginación, fecunda como pocas, afloran las expresiones, algunas pretendiendo reflejar la sabiduría de ese pueblo que dice representar.
Lo menos importante son la realidad y la veracidad
La distorsión, exageración o falsedad más descabellada se entremezclan en las palabras presidenciales sin rubor ni pudor.
No se trata de explicar, tampoco de justificar, sino de enaltecerse a sí mismo y sus acciones, al tiempo que se busca minimizar el desastre y arrojar la porquería por debajo de la alfombra.

El tabasqueño es un mentiroso contumaz, cínico y descarado
Su probada fórmula es estirar la liga de la credibilidad al máximo.
Hace mucho que descubrió que, por paradójico que parezca, las grandes mentiras se aceptan con mayor facilidad que las pequeñas.
Lo fundamental es decirlas y machacarlas con todo el aplomo de un demagogo consumado.

El hablar lento enmascara ese pensamiento torvo del ególatra y sociópata que se arroga todo lo positivo y nunca es culpable si algo salió mal.
El refugio son las imágenes e ideas resumidas en una expresión de pocas palabras y fácilmente asimilables por aquellos dispuestos a creer.
AMLO es un aferrado de las frases. “Abrazos, no balazos”, “Nosotros no somos iguales” o “No mentir, no robar, no traicionar” destacan entre muchos ejemplos que repite con desparpajo cuantas veces la ocasión lo requiere.
