Los demonios andan sueltos
Escondidos en la penumbra. Descansando en la sombra de los árboles de las avenidas. Juegan a todas horas con los dispositivos móviles. Usan los personales y los oficiales. El rastro de sus fechorías jamás aparece en los indicadores.
Solo lo reportan con el jefe y con el primer cuadro.
Saltan todos y cada uno de los reglamentos internos. Incluso los del Congreso de Estado. Están imparables, hambrientos y la naturaleza carroñera de sus actividades incluye amedrentar al transeúnte, al automovilista y a quien se topen.
Desde la Politran, los de Movilidad, la Gendarmería Nacional y la Guardia Civil, con sus revisiones de rutina, lo hacemos para brindar seguridad, usted nos entiende.
Apropian del salario del obrero intoxicado cuando ya cobró su raya semanal. Lo levantan, bolsean y arrojan a la calle, claro, si bien le va.
Si le hace buya al oficial, pasa a la bascula y a dormir sus 24 o 36 horas en las celdas municipales.
Sople al detector, una, dos, tres hasta cinco veces. Si yo tengo duda, lo puedo forzar para hacerlo.
Viva los ladrones con uniforme, placa, sueldo e impunidad.
Esos no roban poquito. Ellos son solo piezas de un complejo ajedrez. Cuídese de ellos.

