
Es decir, de todo eso que rondará hoy la llegada al Estadio Azteca para el juego inaugural, esas movilizaciones convergentes cuya suma es una suma de malos resultados y agravios inducidos por el gobierno de la nación, en sus dos versiones: la del gobierno anterior y la del gobierno actual, que se declara la misma cosa que el de antes, lo de antes al doble: el segundo piso de la misma “transformación”.
No se puede decir que el gobierno actual no haya cumplido su palabra de asumirse como la misma cosa que su antecesor, con los intentos de cambio conocidos, fundamentalmente de personas, no de proyecto.
Pero es el proyecto el que lleva ocho años de logros discutibles y errores evidentes, el que no tiene respuestas a los problemas claves de la nación y el que ha acumulado gran malestar en ella.
La convergencia y la diversidad de movilizaciones que rodean de incertidumbre y temor a la inauguración del Mundial, son un buen espejo de los muchos malestares paralelos que hay en la República.
El Mundial ha dejado ver en la Ciudad de México algunos de esos malestares, esos reclamos, esos agravios.
Ha sido el catalizador de una mala química nacional emergente, de una fricción profunda entre el gobierno autoritario y polarizador que tenemos y la sociedad defraudada o agraviada por él.
No creo que antes del Mundial viéramos el tamaño y la diversidad de la protesta acumulada en ocho años de errática transformación.
Es lo que estamos viendo, al gobierno cosechar lo que sembró.
El Estadio Azteca, encapsulado hoy por la fuerza pública para contener la protesta que lo acecha, es una buena metáfora del propio gobierno, encapsulado en las debilidades de su propio proyecto, sin respuesta efectiva a los problemas que aquejan al país.


