
No es difícil imaginar la forma que tomará la alegría nacional en caso de triunfo, el país se echará a las calles a celebrar y desmandarse como quizá no lo hayamos visto nunca.
Sólo ese escenario quiero imaginar hoy domingo, a las 12 del día, mientras escribo esta columna, porque creo que los mexicanos necesitan este baño de euforia, esta sensación de victoria, de haber hecho bien las cosas y haber logrado lo que nunca.
Los hilachos de polarización en que vive el humor social de la República han dejado muy pocos nichos en los que los mexicanos sienten ser la misma cosa, tienen la misma causa, los mismos sueños, las mismas reacciones de comunidad y pertenencia.
Una de ellas es la Selección Nacional de futbol, supongo que como en todas partes, pero quizá no con la misma urgencia de autoafirmación y victoria que corre por México, sin distinción de clases o credos.
Mientras escribo esto, me va gustando la locura de escribir a ciegas, para mañana, sobre lo fundamental que pasará este domingo en el corazón pambolero de México.
Me gusta la hipótesis de la victoria.
Me receto de hecho una dosis de victoria anticipada y la sola hipótesis me hace sentirme bien, como a millones de aficionados, supongo, que cargan en la cabeza la certidumbre de que Mexico ganará.


