La nueva asimetría

México ha tenido que aprender a convivir con una gran potencia.
La asimetría con Estados Unidos es una condición permanente de nuestra geografía y nuestra historia.
Su economía es considerablemente más grande, su capacidad militar incomparable y su influencia tecnológica, financiera y diplomática alcanza prácticamente todos los rincones del planeta.
Pero una nueva forma de desigualdad comienza a surgir.
Es menos visible que las diferencias económicas o militares, aunque podría resultar igualmente decisiva:
- La capacidad de los gobiernos para transformar información en inteligencia, inteligencia en estrategia, y estrategia en resultados.
En el siglo XXI, el poder de una nación dependerá cada vez más de su capacidad para comprender situaciones complejas antes que sus adversarios, anticipar acontecimientos, identificar oportunidades y tomar mejores decisiones.
La inteligencia artificial está transformando precisamente esas capacidades.
Y México enfrenta una disyuntiva histórica:
- Utilizar la IA para reducir algunas de sus desventajas frente a Estados Unidos o permitir que se convierta en una nueva fuente de dependencia y vulnerabilidad.
Una revolución silenciosa en la diplomacia
Pensé en ello al leer A Conceptual Framework for AI-Augmented Statecraft, de Charlie Pozniak, publicado por el Belfer Center de Harvard Kennedy School en agosto de 2026.
El trabajo propone una transformación profunda de la manera en que los gobiernos preparan, ejecutan y evalúan su política exterior.
Su planteamiento central no consiste en sustituir diplomáticos por algoritmos, sino en ampliar las capacidades humanas mediante herramientas computacionales.
La distinción es fundamental.
La política internacional ya no es un juego de ajedrez donde conocemos todas las piezas, las reglas y las condiciones para ganar.
- Los intereses cambian.
- Las intenciones son ambiguas.
- Los actores ocultan información y las decisiones producen consecuencias inesperadas.
Por eso Pozniak identifica tres problemas fundamentales:
Representación, inferencia y evaluación.
- ¿Podemos representar correctamente una realidad geopolítica extraordinariamente compleja?
- ¿Podemos conocer las verdaderas intenciones de nuestros interlocutores?
- ¿Podemos determinar objetivamente qué constituye un resultado exitoso?
Ninguna IA puede resolver completamente estas preguntas.
Pero sí puede ayudar a los funcionarios a investigar mejor, detectar contradicciones, construir escenarios, explorar alternativas y evaluar riesgos.
El diplomático del futuro no será reemplazado por una máquina.
Será capaz de utilizar capacidades intelectuales que ninguna persona podría desarrollar individualmente.
El verdadero problema de México
La relación México-Estados Unidos constituye un laboratorio extraordinario para esta transformación.
Pocas relaciones bilaterales reúnen semejante diversidad de asuntos interdependientes: comercio, migración, seguridad, energía, inversión, agricultura, tecnología, agua, cadenas de suministro y política interna.
Una decisión migratoria puede modificar una negociación comercial.
Una controversia energética puede afectar inversiones industriales.
Una operación contra el crimen organizado puede transformar la conversación política en Washington.
Una inversión extranjera en México puede convertirse en un asunto de seguridad económica estadounidense.
El problema no es solamente disponer de información sobre cada tema.
Es comprender cómo se relacionan todos ellos.
Las burocracias modernas fueron construidas para dividir responsabilidades.
Cada dependencia tiene sus competencias, especialistas, procedimientos y prioridades. Pero los problemas contemporáneos no respetan esas divisiones.
La realidad funciona como un sistema. Los gobiernos suelen funcionar como una colección de silos.
Aquí aparece una oportunidad extraordinaria:
Utilizar la IA para construir lo que podríamos llamar inteligencia institucional, la capacidad del Estado para integrar conocimientos dispersos, reconocer conexiones y actuar coordinadamente.
No basta con tener funcionarios inteligentes. Necesitamos instituciones capaces de pensar colectivamente.
La memoria que perdemos
Existe una debilidad especialmente costosa para México: la pérdida de memoria estratégica.
Cambian los presidentes, los secretarios, los embajadores y los equipos negociadores.
Con ellos desaparecen experiencias, relaciones personales, conocimientos acumulados y lecciones que nunca fueron documentadas adecuadamente.
Un negociador experimentado sabe quién cumple sus compromisos, qué argumento funcionó anteriormente, cuáles fueron las verdaderas prioridades de una contraparte y por qué determinada fórmula permitió superar un conflicto.
Ese conocimiento constituye un activo estratégico nacional.
Sin embargo, ahora pertenece a las personas y no a las instituciones. Imaginemos una memoria estratégica digital de la relación México-Estados Unidos que integre tratados, legislación, archivos diplomáticos, minutas, controversias, datos económicos, posiciones negociadoras y evaluaciones históricas.
Un funcionario podría preguntar:
- ¿qué ocurrió cuando Estados Unidos planteó una exigencia semejante?
- ¿Qué sectores estadounidenses se opusieron?
- ¿Qué argumentos jurídicos resultaron eficaces?
- ¿Qué concesiones ofrecimos?
- ¿Qué consecuencias no anticipamos?
La máquina no tendría que inventar respuestas.
Debería encontrarlas en fuentes verificables, identificar contradicciones y reconocer aquello que desconoce.
México podría dejar de comenzar parcialmente de cero cada seis años.


