Adiós, Shamuko

Se levantó como cualquier otro día y salió a ejercitarse en su bicicleta, sin la menor sospecha de que esa mañana sería la última.
El clima estaba templado, agradable, con una contaminación moderada, digamos, permisiva.
Un domingo normal para Monterrey.
Pero las tragedias ocurren cuando todo parece estar en orden.
El momento concluyente llegó sin avisar.
Primero un accidente vial, luego un paro cardíaco.
Pese a los esfuerzos del cuerpo médico, el Shamuko se fue.
Se fue un hombre bueno, lúcido, saludable.
“Mente sana en cuerpo sano”, decía.
Oriundo de Torreón, el Shamuko era un empresario comprometido con sus ideales.
Estaba preocupado no sólo por el arte, la cultura y el devenir de Nuevo León y Coahuila, sino por México entero.
Creemos que el mañana está garantizado.
No es así.
Vivimos suspendidos en una levedad que apenas comprendemos, esa de la que habló Milan Kundera: todo ocurre una sola vez y, por eso mismo, todo puede desaparecer en cualquier instante.
El Shamuko lo sabía, por eso vivió sin frivolidades, con los pies en su tiempo y la mirada en lo esencial.
Y hoy, al irse, nos recuerda una lección de vida: para allá vamos todos.



