Nueva Era

Notas de nostalgia por la Copa del Mundo

Pablo Hiriart DETONA®  El futbol es el único idioma que permite la comunicación horizontal, fluida y amistosa entre personas de distintas edades, credos religiosos, condición económica y origen geográfico.

Por Pablo Hiriart
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FIFA
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Diría algún cursi, de los que abundan en estos días, que el futbol es el idioma de Dios.

Es, en todo caso, magia hecha realidad, si cabe la expresión. 

Al ver un gol de nuestro equipo en una final, la emoción nos transporta hasta las estrellas dando gritos de un desquiciado feliz.

Y anotar un gol ahora, en la cancha, la sensación es un vértigo que nos lleva en un viaje relámpago hacia la niñez, para decirlo en palabras que alguna vez le oí al poeta Luis Miguel Aguilar.

Por eso duele tanto que a la mayoría de la gente le quiten la posibilidad de ver al más universal de los deportes.

Que la FIFA lo quiera transformar en un juego elitista por lo caro de los boletos y los elevados costos de los derechos para las televisoras, que inventan plataformas de pago porque de no hacerlo tendrían pérdidas.

Pero la FIFA ha ido más allá. 

Es cómplice de la segregación, lo que contradice el espíritu de la Copa del Mundo y de haber ampliado la fase final a 48 selecciones nacionales.

Extender la fiesta, viva el futbol.

Al árbitro somalí Omar Artan le negaron la entrada a Estados Unidos, a pesar de que tenía visa, donde iba a pitar juegos mundialistas y la FIFA dejó pasar el atropello.

En las conferencias de prensa sólo está permitido el inglés.

A la selección de Irán, el gobierno de Estados Unidos le prohibió pernoctar en ese país, que es sede mundialista.

La FIFA hace mutis. 

Pero qué tal de bravos a la hora de prohibir que un propietario de palco ingrese comida o bebida al lugar que es suyo.

En qué manos cayó nuestro deporte. 

También es un negocio, sin duda ni objeción. 

Pero lo que estamos viendo es otra cosa, que degrada al futbol y privilegia el abuso.

“Lo que sé de ética lo aprendí en el futbol”, escribió Germán Martínez en La Aurora, parafraseando a Albert Camus.

También se aprende de emociones auténticas dentro y fuera de la cancha.

Como reportero de La Jornada me asignaron la tarea de hacer la crónica “de color” en algunos juegos del Mundial de 1986. 

En el vestuario de España vi al portero Andoni Zubizarreta, solo, de pie en una esquina, llorar sin aspavientos luego de la eliminación ante Bélgica, en penaltis, en el estadio Cuauhtémoc en Puebla. 

No paró ninguno.

Un miembro de la delegación española se aproximó y le dijo con cariño y con firmeza:

 “Ande mi niño, que usted es muy joven para llorar por esto”.

La primera vez que viajé a Europa, en abril de 1986, entré a un bar en Copenhague y la chica que despachaba cervezas en la barra me preguntó en un idioma que yo no conocía:

 “¿Qué tal es el Abuelo Cruz?”.

-Si Dinamarca se topa con México, el Abuelo los va a volver locos.

Ustedes se acordarán de él y no de Laudrup-, le dije en español y estoy seguro de que me entendió.

En Finlandia, un colega de Helsingin Sanomat, que iría a México a cubrir los juegos de Dinamarca, me preguntó qué buen hotel le recomendaba en Ciudad Nezahualcóyotl.

Lo volví a encontrar afuera del estadio de Neza, donde se me acercaron varios niños con hojas de papel para pedirme un autógrafo.

  •  “No soy futbolista, sino reportero”, les dije.
  • “No importa, fírmenos un autógrafo”.

El futbol une, acerca, y descuellan los grandes. Los dioses del estadio, diría Antonio Marimón.

También los del micrófono.

Pablo Hiriart
Nacido en Chile, emigró a México a fines de los 70. En 1980 inicia su etapa como reportero del semanario Proceso y del diario La Jornada antes de formar parte del equipo de comunicación del gobierno federal. Desde el año 2016, participa en México Confidencial en Azteca 13, en Proyecto 40 y es Director General de información política y social del diario El Financiero, donde escribe la columna "Uso de Razón".