
Y, puesto que de nadie se esconde, asistir sería su obligación.
De aparecer, sus compañeros legisladores de Morena y de la 4T tendrían que ponerse de pie y obsequiarle una ovación fuerte y prolongada.
Primero, porque –lo asegura la presidenta Sheinbaum– México no tiene de qué acusarlo.
Segundo, porque habría soportado como un valiente un mes de calumnias.
Tercero, porque su sagacidad frente a la insolencia de Washington ejemplificaría lo mejor del nacionalismo transformador.
Y cuarto, porque al no irse a entregar, habría consumado una irreprochable gesta de lealtad al proyecto.
Si se cree en lo que pregona la Presidenta y su coro repite, Inzunza es un símbolo patrio digno de protección.
Uno de ese calibre merecería un instante de adoración, al menos hasta que se pruebe lo contrario.
Y dado que las pruebas domésticas difícilmente llegarán antes del extraordinario, Inzunza merece una purificación colectiva que reafirme la superioridad moral de la 4T.
Gritar “¡Inzunza es inocente!” afianzaría la idea de que la lucha contra la impunidad no está agotada.



