
1.
La señora participaba de una tesis muy asumida:
Un buen católico no se identificaba con ninguno de los polos en las disputas ideológicas y políticas, y normaba su comportamiento por los dictados de sus autoridades religiosas.
“Quien obedece no se equivoca”, remataba con ese inmovilista refrán, y tal sometimiento le permitía al heredero situarse en un hipotético centro, sin compromiso con los extremos.
2.
En horizontes más laicos, a una persona que también quisiera escapar de tal dicotomía se le decía “centrada”, tomando como una alabanza el epíteto, pues evocaba lejanía de posiciones radicales.
Quien se colocaba en el centro, de acuerdo a esta valoración positiva, hacía gala de sensatez y moderación, de pluralidad e inclusión a la hora de juzgar los fenómenos sociales.
Dialogante con ambas orillas del río, abrevaba de sus aguas lo mejor que ofrecían las dos, sin negarse a levantar críticas puntuales a sus excesos.
“Ser del centro” era garantía de imparcialidad y neutralidad.
3.
Pero, como ya he mencionado en otras entregas, la división —ilustrada por Norberto Bobbio— que nació de manera accidental, durante los inicios de la Revolución francesa en 1789, cuando los delegados a la asamblea nacional que pertenecían a la aristocracia se ubicaron geográficamente a la derecha en el recinto, mientras que a la izquierda se situaron los autollamados patriotas, poco a poco se fue diluyendo, y el caso mexicano es una diáfana prueba de ello.
- ¿Es de izquierda la autollamada 4T?
- ¿Todos sus críticos son de derecha?
Esos epítetos ya no califican ni a una ni a otros.

