
1.
El argumento siempre me ha enganchado, por más y que tengo décadas de admirar la saga como espectador y actor, y la canción final, I’ll Begin Again (Comenzaré de Nuevo), antes me sacaba una lagrimita, y ahora me desprende lagrimotas.
Aunque estoy lejos de acercarme al patrimonio de Ebenezer Scrooge, sí me identifico con su conversión hacia el final de la trama, aunque no se me hayan aparecido los fantasmas del pasado, el presente y el futuro.
2.
Pese a ser un clásico de la literatura universal, en especial de la navideña, ha recibido diferentes críticas, tanto literarias como sociales y teológicas.
Se le acusa de promover un moralismo simplista y una idealización romántica de la pobreza, de excederse en el sentimentalismo y presentar personajes muy lineales y planos -a diferencia de la natural complejidad de todos los seres humanos-, de ofrecer una visión ingenua del cambio y de fomentar la necesaria conversión del corazón por miedo al infierno, como tantas veces lo hiciera el cristianismo.

3.
Otro acercamiento a la obra, más favorable, ve en el texto de Dickens un tajante juicio adverso al naciente liberalismo económico hacia fines del siglo XIX, y hasta pone en palabras del malvado Scrooge las tesis de Thomas Malthus, manifiestas en su Ensayo sobre el principio de la población (1798):
“Si han de morir -los pobres niños hijos de su empleado Bob Cratchit, en especial Tim-, es mejor así, y que se reduzca el superavit de la población”.
Más que un cursi melodrama, entonces, estamos ante una severa crítica al sistema que vino a apoderarse de la economía mundial.
4.
Censuras teológicas y análisis sociales aparte, la conversión de Scrooge -así sea por miedo a las llamas del averno que le presentó el fantasma del futuro- refleja una de las características fundamentales del ser humano: la posibilidad de cambiar.
Es cierto que esta va disminuyendo con el paso de los años, y que algunos, no obstante todavía jóvenes, se distinguen por su tozudez -para no decir terquedad-.
También el que los cambios encuentran rápidas resistencias, sobre todo en quienes argumentan que “siempre se ha hecho así y no hay por qué hacerlo de manera diferente”.