
El extraordinario trabajo de Irving Pineda y Azteca Noticias, difundido ayer, lo localizó en su apartamento de la ciudad de Lugano.
Ahí se oculta. Apenas sale a tomar el sol en una banca del caserío.
Sólo una vez en una semana caminó con su hijo de regreso de la escuela.
No convive, no vive: se esconde, quizá en espera del milagro que le devuelva la fortuna.
Pero para él –el amigo de Andrés López Beltrán— parece imposible que regresen los días de gloria y paz. Hablamos de uno de esos emprendedores del Golfo que, en el México de 2018 a 2024, se sintieron parte de una estirpe cuyo único destino era tener cuanto quisieran.
De un hombre que, con menos de 40 años, amasó una riqueza y un poder difíciles de explicar sin la cercanía con la familia López Obrador y la falta de escrúpulos.
El del balastro del Tren Maya; el que no replicó al escuchar de su primo, también contratista, Pedro Salazar, aquello de: “Cada 3 mil metros cúbicos, su mochadita; ya cuando se descarrile el tren, ya va a ser otro pedo”.
El de la empresa Portacelis y el huachicol.
Ahora que tiene tiempo en Lugano, podría leer La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe.



