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La diferencia principal es que la domesticación favoreció animales más vocales y tolerantes a convivir con humanos.
Con el tiempo, el perro desarrolló un uso del ladrido más frecuente y flexible, útil para alertar, pedir atención, jugar o expresar emoción.
Los lobos dependen más del lenguaje corporal y del aullido dentro de su grupo.
Además, investigaciones de la Universidad Eötvös Loránd muestran que las personas pueden reconocer bastante bien emociones y contextos en los ladridos.
En pocas palabras: el perro ladra más porque ese recurso le resultó útil.




