¿Por qué o para qué?
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La persona con la que estaba cenando me dijo algo así:
“Hay dos tipos de personas. Las que se preguntan por qué pasan las cosas y las que se preguntan para qué pasan.”
La idea no estoy seguro de que sea de ella. De hecho, ninguno de los dos supimos exactamente de quién era.
Pero me llevo a pensar mucho.
Porque son dos preguntas que parecen casi iguales y, si las piensas tantito, pueden llevarte a lugares completamente distintos.
Se te descompone el carro.
Uno pregunta:
¿Por qué se descompuso?
El otro:
¿Para qué me está pasando esto?
Bueno… probablemente para que conozcas al mecánico y te cobre una fortuna.
Pero fuera de broma, el enfoque cambia.
El porqué busca la causa.
Qué pasó, dónde empezó, qué hicimos mal, qué dejamos de hacer.
El para qué busca otra cosa: qué sigue, qué puedo sacar de esto, qué puedo aprender o qué hago con lo que acaba de pasar.
Y me puse a investigar.
Resulta que la discusión tiene bastante más fondo del que imagine ese día comiendo aceitunas.
Alfred Adler, un personaje de la psicología, desarrolló buena parte de su pensamiento basándose en una idea locochona: para entender el comportamiento de una persona no basta con ver únicamente su pasado; también hay que entender hacia dónde quiere ir.
Para Adler, el comportamiento humano está orientado hacia objetivos.
Dicho menos mistico:
No solamente importa de dónde vienes.
También importa a dónde vas.
Y ahí hizo más sentido esa conversación.
Porque estamos acostumbrados al porqué.
Lo usamos para todo.
- ¿Por qué llegaste tarde?
- ¿Por qué bajaron las ventas?
- ¿Por qué tronó el negocio?
- ¿Por qué reprobaste?
- ¿Por qué estás enojado?
- ¿Por qué no me contestaste?
Esta última, por cierto, puede llevar a investigaciones más profundas que las de la Fiscalía.
Pero buscar el porqué tiene todo otro enfoque.
En Toyota, por ejemplo, se hizo famosa una metodología de Taiichi Ohno conocida como “los cinco porqués”.
La idea es muy fácil: cuando tienes un problema, no te quedes con la primera explicación.
- Pregunta por qué.
- Luego vuelve a preguntar por qué.
- Y otra vez.
Hasta llegar a la causa raíz.
- Llegó tarde el pedido.
- ¿Por qué?
- Porque salió tarde el camión.
- ¿Por qué?
- Porque no estaba lista la mercancía.
- ¿Por qué?
- Porque faltaba material.
- ¿Por qué?
- Porque nadie lo pidió.
- ¿Por qué?
Porque el sistema decía que todavía teníamos.
¡Ah, caray!
El problema ya no era el chofer.
Era el inventario.
Eso hace el porqué: escarba.
Y lo hacemos en muchos ámbitos.
Una relación se termina y queremos reconstruir los últimos seis meses como investigadores privados.
- ¿Cuándo empezó?
- ¿Qué hice?
- ¿Qué hizo?
- ¿Qué dejamos de hacer?
Un negocio no funciona y revisamos ventas, gastos, decisiones, socios, mercado, etc.
Queremos entender.
Y tiene sentido.
El problema es que existe la otra pregunta.
¿Para qué?
Y ahí me encontré con Viktor Frankl.
Frankl construyó la logoterapia basándose en la búsqueda de sentido. Su idea básicamente es, que incluso frente a circunstancias que no podemos cambiar seguimos teniendo capacidad para elegir nuestra respuesta y encontrar significado en lo que hacemos a partir de ellas.
Entonces cambia la cosa.
