Las presiones hacia Cuba y sus repercusiones en México

Sin embargo, Cuba no es Venezuela, ni Raúl Castro es Nicolás Maduro.
La economía cubana se encuentra debilitada desde que la extinta Unión Soviética dejó de respaldarla tras su desintegración en Estados independientes.
Además, Castro, de 94 años, se encuentra prácticamente al final de su vida, un escenario muy distinto al de Maduro.
El presidente Trump no ha logrado una victoria contundente en el conflicto con Irán y ya ha abierto otro frente en el Caribe, en tan solo cuatro meses, en un aparente esfuerzo por ganar aceptación entre el electorado de cara a las próximas elecciones intermedias.
Asimismo, ha anunciado una ofensiva contra otras organizaciones criminales declaradas terroristas, como los cárteles de la droga de México y Venezuela.
Especialistas en política exterior estadounidense coinciden en que el tratamiento hacia la isla cubana no será el mismo que el aplicado en Caracas el pasado 3 de enero, aunque no descartan medidas similares en el futuro.
Según señalan, se trata de una presión psicológica sobre el pueblo cubano para que ellos mismos rechaces al gobierno y exijna apertura económica, democrática y comercial para salir de la crisis.
De lograrse este objetivo, en México se tendrían que repensar algunas reformas que, desde el sexenio pasado, se han implementado para eliminar contrapesos al gobierno federal.
Actualmente, nuestro país está en la mira debido a la falta de acciones efectivas contra políticos vinculados con el crimen organizado, como es el caso del exgobernador Rubén Rocha.
La reunión en Palacio Nacional de la presidenta Claudia Sheinbaum con el nuevo secretario de Seguridad Nacional Markwayne Mullin, demuestra el interés de Washington por cortar toda relación entre los gobiernos locales y las organizaciones que ellos han designado como terroristas, entre ellas el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación, entre otros.
La presidenta se encuentra entre la espada y la pared: si no hace nada, la presión del gobierno estadounidense continuará y las amenazas aumentarán.
En Palacio Nacional, la presión ya se siente.
La reunión de la presidenta Claudia Sheinbaum con el secretario de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Markwayne Mullin, no fue un gesto diplomático menor, sino una advertencia clara.
México debe demostrar con hechos, no con discursos, que está dispuesto a romper cualquier vínculo entre sus gobiernos locales y las organizaciones calificadas como terroristas por Washington.
La administración mexicana camina sobre una delgada línea; ceder demasiado podría implicar una pérdida de soberanía, mientras que mantenerse firme en su política actual podría intensificar las represalias económicas y militares de su vecino del norte.


