“Primero los pobres” es una buena arenga, pero ¿no sería mejor que no los hubiera?

Podemos concebir un futuro en una sociedad que modere sustancialmente la desigualdad económica, si así lo determinásemos como modelo de futuro.
Pero en realidad nunca lo hemos tenido como parte de la visión del futuro profundo en la sociedad.
Poco a poco se van aplacando las aguas de la tormenta electoral reciente.
Con los nombramientos de quienes acompañaran a la presidenta electa en su gestión de la siguiente fracción de futuro de 6 años, se va perfilando en la mente colectiva alguna idea de ese “segundo piso de la transformación”.
El primer piso nunca se revelo en la forma de una visión especifica, expresada en términos comprensibles más allá de los lugares discursivos comunes que diariamente se lanzaban desde el más alto puesto de la nación.
Esos 100 años que han pasado desde que termino la violencia revolucionaria y en lo básico, estamos en las mismas proporciones de las medidas de progreso y calidad de vida como la movilidad social, por supuesto somos una economía mucho más grande pero mantenemos las mismas debilidades y vulnerabilidades ante distintas perturbaciones tanto domesticas como del exterior.
Hay mejoras evidentes en cobertura de servicios públicos pero con estándares de calidad con un potencial de mejora enorme.
Sin embargo nuestro método de administración de lo público es atrasado en sus prácticas.
La gestión pública se encuentra plagada de reglas sin sentido hacia el progreso real, y pocos incentivos para la generación de riqueza.
No existe un marco sostenible de políticas públicas conciso, claro, y apropiado para lograr algún futuro transexenal, provisto con los incentivos y castigos que guíen la acción individual en la sociedad hacia la mejor visión de futuro colectivamente concordada.
No es fácil para las comunidades imaginar una visión de futuro profundo que se sostenga en un estudio sistemático de lo posible, probable y deseable.


