¡Qué pesadilla!
Me estremezco, sufro, lloro, amo, odio, vivo la aventura, me anticipo al final, a veces acierto.
Soy demasiado cursi y crédulo en ese momento.
Y por eso, precisamente, no voy a salas de cine, salvo con mi hijo, allá cada y cuando.
Él ya me conoce, sabe que soy exageradito y como que medio le da pena (a mí también me daría), pero hace un esfuerzo y me acompaña cuando quiero ver algo en la pantalla grande.
El tema es que veo de todo, menos las películas de terror porque, la neta, me dan miedo y sobresaltos.
Pues resulta que me aventé una película de James Franco creyendo que era un thriller equis. Y nada, me piqué, luego me arrepentí.
Ahí me tienes en la madrugada viendo fantasmas y demás formas horripilantes en la cabecera de mi cama.
TAN GRANDOTE Y TAN MIEDOSO
Tan grandote y tan miedoso, van a pensar. Y sí, lo confieso, siempre sueño las películas de terror desde que era niño.
Por eso no me las chuto. Ves que el niño es pedorro y le das frijoles, dice el dicho.
En fin, la película es La Bóveda, en Netflix. No la recomiendo si son miedosos.

