Imaginemos por un atroz momento que la Iglesia católica fuese una auténtica democracia. Y que votasen los mil 400 millones de católicos, inspirados por nuestros influencers mediáticos. ¿Imaginan el resultado? Saldría un Papa a cuyo lado el bueno de Trump parecería Immanuel Kant. No, por favor, sigamos con el elitismo actual.

El Papa León XIV, casi al borde de las lágrimas, poco después de dirigir su primer mensaje a la multitud reunida en la Plaza de San Pedro Vaticano.

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Como tantos comentaristas a quienes he escuchado y leído en las últimas horas, nada tengo que aportar sobre el cónclave ni el cardenal estadunidense-peruano Robert Prevost Martínez.
Me refugio, pues, en un delicioso artículo de Fernando Savater, publicado en el medio digital español The Objective, y adopto esta frase:
“Todos los hombres tenemos un pájaro en la cabeza, pero sólo el Papa cree que el suyo es el Espíritu Santo”.
Y con un ojo en nuestra elección judicial, en que se predica que el pueblo purificará un sistema de jueces podridos, esta otra, que a contrario sensu de los imperativos participativos celebra las prácticas cerradas:

