1.
La filosofía moderna -atención: no es la de moda, sino la que va desde Descartes hasta los discípulos de Hegel, entre los siglos XVI y XIX- apostó por la razón como el elemento clave de la convivencia social.
Europa venía desprendiéndose de la tutela eclesiástica, y el Renacimiento trajo consigo no solo la explosión de las artes, sino un descubrimiento de avances científicos acelerados.
En este contexto, discernir se convirtió en algo mucho más importante que sentir, y las tareas desempeñadas por el intelecto se valoraron más que los movimientos propios del corazón.
2.
Tal racionalismo privó hasta finales del pasado milenio, y generó, como péndulo conciliador, la atención al sentimiento, no solo para balancear los énfasis en el estudio del comportamiento humano, sino para enriquecer las decisiones que tomamos: es mejor atender en igual grado a la razón y al sentimiento, y no solo a ella, a la hora de optar.
Fue como surgió la inteligencia emocional -cfr. Daniel Goleman-, que nos ha venido ayudando a gestionar nuestra respuesta racional a las emociones, propias o ajenas, presentes en cada momento de nuestras vidas.
3.
Sin embargo, aceptando ese necesario equilibrio, existen ocasionen en las que prevalece uno de los dos.
Ayudar a una persona en serios apuros, por ejemplo, nos mueve a la misericordia, sin detenernos en las causas de su desgracia.
Puede ser que se merezca la tragedia, pero ello no impide que lleguemos en su auxilio.
Por otra parte, cuando una jovencita se enamora de un muchacho delincuente, le pedimos que razone, que le meta cabeza, para no embarcarse en una relación tóxica. Menos corazón y más razón, le aconsejamos.
4.
Este último distingo me parece, nos vendrá muy bien a la hora de votar el próximo dos de junio:

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