La arquitectura de la esperanza: rediseño sistémico para la viabilidad ética de México

Carlos Chavarría DETONA®  Una propuesta para la sociedad civil, el sector productivo y la comunidad internacional

Por Carlos Chavarría
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Foto tomada de la Red
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De nueva cuenta.

Los mexicanos nos vemos expuestos ante la comunidad internacional en un mundo -donde todo esta interconectado- como un país corrupto y vulnerable, ahora frente al crimen organizado. 

En tanto no queramos reconocer que desde nuestros orígenes como país independiente adoptamos el abandono de la ética en lo público y de bien común, seremos presa fácil de los vaivenes de la política internacional y más de nuestros vecinos. 

La solución No es tan sencilla como enarbolar banderas comunes y sostener narrativas sobre las que -por desgracia- mostramos incongruencias mayúsculas y  muy a la vista. 

  • La soberanía
  • la justicia
  • la presunción de inocencia
  • los principios
  • y lemas de los gobiernos, etc. 

Siempre están bajo ataque de nosotros mismos, el problema central y su  solución más realista está la arquitectura del sistema de gobernanza que tenemos desde el término de la Revolución Mexicana.

Para no perdernos, debemos mantener en la mente una realidad de los sistemas-nación y esta reside  en el ruido informativo, que si bien cumple sus papel de dispersión de datos pero también y al mismo tiempo distrae de la necesidad de rediseñar pensando en el futuro, el cómo lograremos que no se repitan los mismos problemas en una espiral interminable. 

La fijación sistémica en el pasado y la búsqueda incesante de culpables no son meros ejercicios de justicia o memoria, sino mecanismos de defensa que el organismo político utiliza para evadir la responsabilidad de la transformación estructural. 

Al priorizar el señalamiento sobre la solución, el sistema agota su energía creativa en una auditoría retrospectiva que no genera viabilidad. 

Esta inercia transforma la historia en un lastre para el futuro, donde cada intento de cambio es sofocado por el peso de agravios anteriores que la subcapa de opinión se encarga de mantener latentes. 

Mientras el enfoque permanezca en el "quién fue", el "qué debemos hacer" queda relegado a una periferia irrelevante, permitiendo que la realidad continúe su proceso de degradación bajo una parálisis diagnóstica.

Para romper esta espiral, es necesario entender que la arquitectura de un futuro viable requiere un desplazamiento de la culpa hacia la arquitectura de la responsabilidad. 

La verdadera soberanía cognitiva surge cuando dejamos de alimentar el teatro de la culpabilidad —que solo beneficia a quienes medran con el descrédito— y comenzamos a concentrarnos en los cambios estructurales que impiden que los errores del pasado se repliquen en el porvenir.

Solo así podremos transitar de un sistema que se limita a administrar su propia decadencia hacia uno capaz de diseñar activamente las condiciones de su propia trascendencia, eliminando los impulsos que hoy nos mantienen anclados a una realidad que ya no responde a las necesidades del tiempo presente.

Empecemos, el problema no es la gente, es la máquina. 

Existe una premisa que conviene fijar antes de cualquier análisis, las personas, en su individualidad, poseen una inclinación genuina hacia el bien. 

La corrupción en México no es una debilidad del carácter de su gente, ni una fatalidad cultural.

Es el resultado predecible de habitar dentro de una arquitectura institucional que fue diseñada, desde su origen, para hacer exactamente lo que hace.

La Teoría General de Sistemas nos ofrece aquí un principio arrollador en su sencillez: 

el propósito de un sistema es lo que hace (POSIWID, por sus siglas en inglés), no lo que declara, no lo que promete en sus constituciones, lo que produce, día a día, con precisión milimétrica. 

Y lo que el sistema político mexicano ha producido con sorprendente  eficiencia durante más de un siglo es la redistribución del patrimonio nacional entre élites políticas como mecanismo de equilibrio del poder y meter al país en crisis económicas sucesivas. 

Comprender esto no es un ejercicio de pesimismo, es el primer paso hacia una solución real.

 El Pecado Original: un sistema construido para el reparto. 

El andamiaje político que emergió de la Revolución Mexicana no fue el producto de una deliberación ciudadana. 

Fue una respuesta pragmática —y muy eficaz— para detener las guerras entre caudillos que se sentían con derecho a un botín de guerra al término de la gesta bélica. 

Plutarco Elías Calles y sus sucesores construyeron no una república, sino una maquinaria de gestión de concesiones: 

  • tierras
  • contratos
  • cargos
  • licencias. 

La corrupción no fue una falla del diseño, fue su componente estructural más importante.

El escritor Mario Vargas Llosa en los 1980’s lo llamó "la dictadura perfecta", un sistema que mantenía la apariencia democrática mientras concentraba toda la capacidad de decisión en un presidencialismo absoluto que funcionaba como el nodo de control supremo de toda la red. 

Así las cosas y mientras hubo petróleo y recursos naturales abundantes para alimentar esa red, el sistema se sostuvo. 

Cuando la abundancia se contrajo y la estructura extractiva permaneció intacta, el sistema entró en descomposición.

El vacío fue ocupado por un actor de extraordinaria capacidad operativa: 

El crimen organizado, lo que comenzó como "infiltración" ha devenido en un acoplamiento estructural profundo, donde los flujos financieros del Estado y de la delincuencia se han mimetizado hasta volverse, en muchos puntos, indistinguibles. 

El resultado no es solo una crisis de gobernanza local, es una amenaza a la estabilidad regional con consecuencias directas para la seguridad global.

La Invasión por Variedad: El Colapso de la Ley de Ashby.  

Desde la óptica de Stafford Beer, la penetración del crimen organizado se explica a través de la Ley de Requisito de Variedad

Esta ley establece que un controlador solo puede regular un sistema si posee al menos tanta "variedad" (capacidad de acción y respuesta) como el sistema que intenta controlar. 

El aparato gubernamental mexicano, atrapado en una arquitectura rígida, burocrática y diseñada para el reparto lento del botín, posee una variedad extremadamente baja. 

En contraste, las organizaciones criminales operan como sistemas de alta variedad, son redes ágiles, distribuidas, con retroalimentación inmediata y recursos financieros que fluyen sin las fricciones de la legalidad. 

Al ser superado en variedad, el Estado pierde su capacidad de regulación y el sistema busca un nuevo equilibrio, la infiltración es, en realidad, el proceso mediante el cual el sistema de gobierno "terceriza" su estabilidad a quien sí tiene la capacidad de ejercer el control territorial efectivo.

Bajo el Modelo de Sistema Viable, cuando el Sistema 3 (el encargado del control operativo y la seguridad) está desarticulado y carece de principios éticos, se genera un vacío que la entropía social tiende a llenar. 

El crimen organizado penetra el sistema de seguridad ( ya con un espíritu de cuerpo debilitado) no solo mediante la violencia, sino ofreciendo una "meta-gobernanza" que el Estado ya no provee.

Se produce entonces un acoplamiento patológico:

Los funcionarios, al verse incapaces de cumplir con la misión de seguridad para la que el sistema fue —teóricamente— diseñado, terminan integrando los flujos delictivos en la operación cotidiana para mantener una falsa homeostasis. 

La seguridad deja de ser un servicio público para convertirse en una mercancía negociable, donde el "parásito" del crimen organizado termina proporcionando la estructura y el orden que la arquitectura original del Estado, agotada y obsoleta, ya no es capaz de sostener.

 Por Qué el Cambio de Personas No Basta?. 

Aquí reside el error más costoso del debate público mexicano: la creencia de que basta con reemplazar a los funcionarios corruptos por personas honestas o con nuevas banderas y propósitos. 

La cibernética de Stafford Beer nos enseña algo incómodo: un sistema con suficiente fuerza de gravedad asimila y transforma a quienes ingresan en él, independientemente de sus intenciones iniciales. 

El problema no es quién opera la máquina, es la máquina misma.

Carlos Chavarría
Ingeniero químico e ingeniero industrial, co-autor del libro "Transporte Metropolitano de Monterrey, Análisis y Solución de un Viejo Problema", con maestría en Ingeniería Industrial y diplomado en Administración de Medios de Transporte.