La idea que puede cambiar a un país

Javier Treviño DETONA®  Una nación cambia cuando millones de personas descubren que sus sueños individuales pueden formar parte de una ambición colectiva.

Por Javier Treviño Cantú
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La idea que puede cambiar a un país
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Hay países que tienen petróleo y son pobres. 

  • Otros tienen grandes mercados y no crecen.
  • Algunos poseen universidades, empresarios, trabajadores capaces y una ubicación geográfica privilegiada, pero pasan décadas administrando la mediocridad.
  • Y hay naciones que, después de guerras, crisis o periodos de pobreza extrema, consiguen transformarse en una generación. 

¿Por qué?

La explicación tradicional apunta a las instituciones, la inversión, la educación, la infraestructura, el comercio, la tecnología y la estabilidad macroeconómica. 

Todo eso importa, muchísimo. 

Pero falta una variable que rara vez aparece en las estadísticas económicas:

La capacidad de una sociedad para imaginar un futuro común y ponerse de acuerdo para construirlo.

Tal vez uno de los activos más poderosos de un país sea precisamente ese:

  •  Tener una gran idea de sí mismo, no hablo de nacionalismo, propaganda gubernamental ni unanimidad política. 

Tampoco de eliminar diferencias. 

Hablo de algo más sofisticado: 

Construir un consenso suficientemente amplio sobre lo que queremos llegar a ser como nación. 

En tiempos de polarización, esto parecería una idea casi revolucionaria.

Antes del PIB está el “nosotros”

Benedict Anderson escribió uno de los libros fundamentales de las ciencias sociales contemporáneas:

Imagined Communities

Su tesis fue que una nación es, antes que nada, una “comunidad imaginada”. 

Millones de personas que nunca se conocerán personalmente desarrollan, sin embargo, la convicción de que forman parte de una misma comunidad.

Esa palabra —nosotros— tiene enormes consecuencias económicas y políticas. 

  • ¿Por qué aceptar impuestos para construir escuelas que utilizarán hijos de desconocidos?
  • ¿Por qué financiar infraestructura que beneficiará a generaciones futuras?
  • ¿Por qué empresarios, trabajadores, universidades y gobiernos deberían cooperar en proyectos cuyos resultados tardarán años? 

Porque existe la percepción de que pertenecemos al mismo proyecto.

Francis Fukuyama llevó esta idea al terreno económico en su libro Trust

La confianza, sostiene, no es solamente una virtud moral. 

Es un activo económico

Las sociedades donde las personas pueden cooperar más allá de sus familias o pequeños círculos construyen organizaciones más complejas, reducen costos de transacción y emprenden proyectos colectivos de mayor escala.

Robert Putnam llegó a conclusiones relacionadas en su libro Making Democracy Work

Las instituciones funcionan mejor cuando existe detrás de ellas una cultura de cooperación, reciprocidad y participación cívica.

Hoy sabemos que esto tiene consecuencias muy concretas. 

La OCDE señala que la confianza reduce costos de transacción, facilita el cumplimiento de las políticas públicas y permite generar respaldo para reformas difíciles. 

También advierte que los ambientes de baja confianza deterioran la cohesión social y limitan la capacidad de los gobiernos para responder a problemas complejos.

Por eso podríamos formular una primera ecuación política: 

Sin un “nosotros” creíble es muy difícil construir un “mañana” compartido.

El consenso no significa pensar igual

Aquí aparece una objeción inevitable. Las sociedades modernas son plurales

  • ¿Cómo construir una visión nacional sin imponer una sola visión? 

John Rawls ofrece una respuesta extraordinariamente útil con su concepto de overlapping consensus

No necesitamos estar de acuerdo en todo.

  • Un empresario y un sindicalista pueden tener ideas diferentes sobre los impuestos.
  • Un conservador y un progresista pueden discrepar profundamente sobre cuestiones sociales. 

Gobierno y oposición competirán siempre por el poder, pero todos podrían coincidir en que un niño debe recibir educación de calidad, que quien trabaja debe tener posibilidades de prosperar.

Que las empresas necesitan certeza; que la ley debe cumplirse, que la corrupción destruye valor, que la ciencia y la tecnología importan, que debemos reducir la pobreza, y que nuestros hijos deberían recibir un país mejor que el nuestro.

  • La democracia no exige eliminar el conflicto.
  • Exige construir un piso común debajo del conflicto.
  • Esa puede ser una de las grandes tareas políticas de nuestro tiempo.
De la idea a la misión

Mariana Mazzucato acaba de publicar su libro The Common Good Economy

Su argumento llega en un momento oportuno: 

Las economías necesitan recuperar propósito y orientar capacidades públicas, privadas y sociales hacia objetivos colectivos

Su propuesta profundiza una idea desarrollada anteriormente en Mission Economy, los grandes desafíos pueden convertirse en misiones capaces de movilizar innovación, inversión y cooperación.

El ejemplo paradigmático es el programa Apollo. John F. Kennedy no presentó a los estadounidenses un plan burocrático de miles de páginas.

Les dio una misión: 

  • Llevar un hombre a la Luna y traerlo sano y salvo antes de terminar la década.
  • La Luna era el destino visible.
  • Pero la verdadera transformación ocurrió en la Tierra.

Gobierno, universidades, científicos, ingenieros, empresas y trabajadores tuvieron que resolver miles de problemas. 

Se desarrollaron tecnologías, materiales, sistemas de cómputo y nuevas capacidades industriales.

Una misión extraordinaria convirtió inteligencia dispersa en esfuerzo coordinado

Ahí está la diferencia entre slogan y estrategia. 

El slogan busca aplausos, la misión organiza capacidades.

Cuando un país decide avanzar

La historia económica ofrece ejemplos extraordinarios.

  • Alemania occidental construyó después de la Segunda Guerra Mundial una economía social de mercado alrededor de reconstrucción, estabilidad y productividad.
  • Japón hizo de la modernización industrial y tecnológica un proyecto nacional.
  • Corea del Sur apostó durante décadas por educación, exportaciones, industria y tecnología hasta convertirse, en una generación, de país pobre en potencia económica.
  • Singapur construyó su proyecto alrededor de competencia, educación, apertura, infraestructura y eficacia gubernamental.
  • Finlandia convirtió educación, conocimiento e innovación en pilares nacionales.
  • Irlanda logró a finales de los años ochenta acuerdos entre gobierno, empresarios y trabajadores que ayudaron a estabilizar la economía y sentaron bases para una transformación posterior.
  • En España, los Pactos de la Moncloa de 1977 no significaron que izquierda y derecha dejaran de ser adversarios. 

Comprendieron que existían objetivos superiores a sus diferencias inmediatas.

La gran lección es: 

Las sociedades exitosas no necesariamente eliminan sus conflictos, logran ponerse de acuerdo un nivel por encima de ellos.

El peligro de la falsa unidad

Pero también hay una advertencia. 

Una gran idea nacional puede convertirse en instrumento de exclusión. 

La historia está llena de gobiernos que confundieron unidad con obediencia, patriotismo con lealtad al gobernante y consenso con silencio.

Andreas Wimmer, en su libro Nation Building, nos dice: 

  • La construcción nacional funciona cuando es incluyente.
  • La pregunta decisiva es quién forma parte del “nosotros”.
  • Una visión nacional que dice “este país nos pertenece a todos” puede generar cooperación.
  • Una que dice “este país nos pertenece a nosotros y no a ustedes” terminará produciendo división.

También necesitamos instituciones. 

Daron Acemoglu y James Robinson lo explicaron en su obra Why Nations Fail:

Las sociedades prosperan sostenidamente cuando desarrollan instituciones capaces de ampliar oportunidades en lugar de concentrar permanentemente poder y beneficios.

Podemos entonces plantearlo así: 

Propósito nacional sin instituciones puede convertirse en propaganda. 

Instituciones sin propósito nacional pueden convertirse en burocracia. Una sociedad próspera necesita ambas.

Javier Treviño Cantú
Javier Treviño es Vice Presidente de Walmart para México y Centroamérica. Fue Director General Ejecutivo del Consejo Coordinador Empresarial, CCE. Además es Fundador y Presidente de la consultoría Javier Treviño y Asociados. Es Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México y Maestro en Políticas Públicas por la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard. En el Gobierno Federal, se desempeñó como Subsecretario de Educación Básica; Subsecretario de Planeación y Evaluación de Políticas Educativas; Oficial Mayor de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público; Subsecretario de Cooperación Internacional de la Secretaría de Relaciones Exteriores; y Ministro de Información y Vocero en la Embajada de México en los Estados Unidos durante las negociaciones del Tratado de Libre Comercio. Javier Treviño fue Asesor del Secretario de Desarrollo Social Luis Donaldo Colosio; Secretario General de Gobierno de Nuevo León y Diputado Federal por Nuevo León. En el sector privado, fue Vicepresidente Senior de Comunicación y Asuntos Corporativos de CEMEX. Fue miembro fundador y Vicepresidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales. Es miembro del Consejo de la Fundación de El Colegio de México. Es miembro fundador del Consejo Asesor del Mexico Institute del Woodrow Wilson Center. Es miembro del Consejo del Center for U.S.-Mexican Studies de la Universidad de California, San Diego. Y ha sido miembro de los consejos de la Fundación para las Américas de la OEA y del North American Center de Arizona State University.