Roma no paga a traidores
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En casa nos invadió el fervor patrio.
Bueno, en realidad ya estábamos tricolores desde hace meses:
- Verde marchito por la escasez de agua.
- Rojo violento, por lo mismo.
- Y blanco anémico por lo caro de todo, desde la canasta básica hasta los servicios, incluyendo los recibos de agua y electricidad.
Afortunadamente mamá no quiso festejar el Grito con chiles en nogada (“chilitos dulces y aguados”, dice), sino con unas muy democráticas enchiladas.
Para ser franco, yo tampoco adoro los chiles en nogada.
Ese platillo me parece muy “fifí”, dicho sea sin las connotaciones político-facciosas que ahora tiene el término.
Reunir los ingredientes no es barato, sobre todo para los ortodoxos que exigirían pera lechera, duraznos de Huejotzingo, granadas, acitrón (no chilacayote), almendras, piñones, nueces de castilla y crema de leche verdadera.
El ya entonces conocido postre virreinal (era dulce y no llevaba carne) fue servido por unas monjas oficiosas durante una comida para Agustín de Iturbide en agosto, no en septiembre, cuando todavía no era ni el libertador, ni el ÚLTIMO emperador de México (Maximiliano nunca lo fue legítimamente… ¡qué pena arruinarle la ilusión a tanto monárquico aspiracionista!).
La decisión salomónica de mamá pinta más barata e igual de patriota:
- Lechuga verde.
- Queso blanco.
- Y tortillas rojas.
Todo sea por satisfacer esa labarofagia que padecemos en estas fechas.
En casa tampoco nos entusiasma darle duro a la música de mariachis para anunciar nuestro feliz mestizaje mexica-hispano.
El noreste tradicional es sobrio hasta en la música.
Tan mexicano-mestizo es el “Son de la Negra” como “Evangelina” o “El Revolcadero”.
Sí pasa don Manuel Bernal recitando “Suave Patria”, López Velarde no caduca.
Lo que no podemos impedir es que en radio y TV se nos sature de esa imagen vistosa y turística del charro, la china cada vez menos poblana, y el jarabe tapatío con mariachis jalisquillos, para felicidad de Enrique Alfaro.
Desafortunadamente para ese gobernador, y para el nuestro, no coincide el colorido con sus propios colores, no más que algún listón anaranjado o un imperceptible remate bordado.
El PRI sigue ostentando los colores patrios, aunque está visto que el truco de relacionar a la patria con el partido ya no les funciona.


