
Dicen que es un "baluarte", pero yo prefiero decir organismo.
Un cuerpo que se retuerce, que muda de piel, que atraviesa hoy su quinta metamorfosis bajo el látigo de lo digital y esa entelequia que llamamos IA.
Al final, el soporte —que si papel, que si cristal, que si papiro— es lo de menos; lo que vibra es el espíritu, la palabra, el aprendizaje, la escritura: todo está en pleno sismo y yo, por puro azar cronológico, he nacido justo en esa grieta.
Escribir me hace feliz, ¿pueden creerlo? Mis fantasías, mis sueños y esos pequeños monstruos que llamo prejuicios (y que acaricio en secreto) ahora viajan hacia los otros.
Escribir, por ejemplo, no es solo contar lo que ya sabes, sino descubrir lo que piensas mientras lo haces. La expresión te permite distanciarte de tu propia experiencia para verla con claridad. Es pasar del "sentir" al "comprender".
Cuando compartes una idea o una visión estética, estás lanzando una bengala para ver quién más responde desde la oscuridad. Es la búsqueda de una resonancia, confirmar que lo que tú vives también vibra en los demás.
Hoy quisiera desahogar las preocupaciones, quisiera que fueran menos.
Pero la confianza que me da la Inteligencia Artificial es, bueno, impúdica, una confianza desmedida, mi texto empieza a caminar como un tierno infante llevado de la mano por una niñera de circuitos; una infancia artificial, pero infancia al fin.
¿Debo ir a la escuela escoltada por esta nodriza digital o aventurarme sola al vacío de la página blanca, a riesgo de que el silencio me gane? Temo que la confianza se me escurra entre los dedos.
Temo que esos destellos de luz que uno espera tarden tanto en llegar que acabe por rendirme, como me rendía antes.
Porque vengo de una patria sin nombre: la dislexia no diagnosticada.
Durante años, mi atención fue un hilo tan delgado que casi era invisible, en la escuela, el noventa por ciento de la clase se me iba en nubes, el mundo desfilaba y yo, simplemente, no estaba, una vida de ausencias.
Pero hoy —¡oh, paradoja!— la velocidad de la máquina es la que me ancla, me retiene, si no fuera por esa rapidez que espejea el caos de mi propia mente, yo ya habría saltado a otra cosa; me habría dado por vencida hace tres líneas.
¿Echada a perder? Quizá esa fue la excusa de juventud, pero miro a los jóvenes y veo mi propio reflejo: su desatención es una calca de la mía, no es que todos sean disléxicos, es que son seres paridos por las máquinas.
Su árbol genealógico es un algoritmo.
El consejo de este cuerpo mutante:
La IA es una maravilla para pulir metales, pero es pésima para sangrar, nunca, por lo que más quieran, le pidan que imagine por ustedes, escriban el primer borrador así, en bruto, con sus saltos lógicos de liebre asustada, con su gramática herida y sus errores de atención.
Ese es el grito.
La máquina debe limpiar la maleza, pero no cambiar el jardín, hay que decirle: "Mantén mi desorden, que es mío; solo hazlo legible para los demás".
Escribir con honestidad es un striptease del alma; y para no sonar a catálogo comercial o a frase enlatada, hay que meterle humor, que es lo único que estas máquinas, por más que procesen, todavía no saben hacer:

