
Pero el conjunto de ideas y mensajes terminó diciendo muy poco.
Y apenas en el segundo año, ese discurso comienza a sonar viejo.
Dijo ayer la Presidenta en su Informe que México tiene ya un mejor Poder Judicial y un mejor Tren Maya.
¿En qué lo sustenta?
Sólo en una arcaica fraseología y en la superstición de que lo hecho por la 4T prevalecerá.
Aseguró que en su movimiento —lo sigue presentando como suyo, en singular y plural— no existen divisiones ni rompimientos.
¿Quiénes fueron los sujetos y destinatarios de ese mensaje tan vago?
Por lo demás, percutió lo de todos los días: que su administración es de honradez y austeridad ¿su administración se extiende hasta Tabasco, Campeche, Veracruz?
Exigió a los servidores públicos que se comporten con sencillez —lo dijo ante la sonrisa de la gobernadora de Quintana Roo, por ejemplo—.
Repitió que defiende la soberanía, la independencia y la dignidad del pueblo —¿qué significa hoy eso que escuchamos, de lunes a viernes, sin que queden claras las consecuencias?—.
Destacó, sí, logros incontrovertibles, como la reducción de los homicidios dolosos y el aumento de los salarios.
Y poco más.
Creo que, nunca como ayer, sus palabras sonaron más desprovistas de contenido.
Cansadas. Sin aliento renovador ni una convocatoria genuina.


