Sheinbaum necesita urgentemente un plan B… pero de gabinete

Primero, la premura:
El desdichado plan A generó una confrontación y un desgaste innecesarios.
Confrontación dentro de la coalición gobernante. Fricciones.
Enconos provocados por la altivez y el ninguneo.
Pero en ese lento y público proceso, se provocó un desgate de la figura presidencial a quien se puso como centro de la reforma, proyectándola, incluso, modificando personalmente contenidos.
Casi sin enterrar al muerto, ya estaban lanzando el Plan B. No hubo sosiego para limar asperezas. Para cicatrizar. Consensuar.
Se regresó a la política chicharronera sin tener puerco.
Segundo, la redacción:
El plan B es exhibido como una reforma no sólo funesta en sus alcances y peligrosa no ya para la democracia sino para la presidenta misma.
¿Por qué? Porque empatar la revocación con las elecciones intermedias, y permitir que la presidenta haga campaña, pervierte la equidad de todo el proceso.
La revocación es una mala idea: además de aquí, sólo existe en tres países en América Latina, Venezuela, Bolivia y Ecuador. Ninguno se distingue por su democracia.
Pero como estrategia política implica un riesgo enorme.
El mecanismo se activa con un 3% de la lista nominal. Se requiere una participación de al menos el 40% para hacerla vinculante.
Ambas condiciones se lograrán en 2027. Pero en una elección intermedia, gigante, la revocación es un plebiscito.
Previsiblemente, gran parte de opositores irán por revocar el mandato.
También, un porcentaje de los heridos de las nominaciones del oficialismo.



