Los hijos de Saturno visten de guinda: el festín de los chapulines

En la teoría política, el complejo de Saturno.
Describe esa oscura tendencia donde los movimientos, una vez que alcanzan la cima, terminan persiguiendo, purgando o arrumbando a sus propias bases fundacionales.
Igual que el titán mitológico que devoraba a sus hijos por el miedo obsesivo a ser destronado, las cúpulas partidistas mutan rápidamente:
Se pasa de la mística de la protesta a la frialdad de la gestión pública.
En este proceso, el activista de territorio —aquel que caminó las calles cuando el proyecto parecía imposible— estorba.
Se vuelve incómodo porque representa la memoria, la congruencia ideológica y la crítica interna que el nuevo régimen ya no está dispuesto a tolerar.
El poder devora la mística original para asegurar su supervivencia burocrática.
El pragmatismo y el reciclaje de élites.
Para mantener el control del Estado, la dirección del partido aplica un frío cálculo de costo-beneficio:
- Apertura al oportunismo: Se abren de par en par las puertas al «reciclaje de élites», permitiendo que una plaga de chapulines —aquellos cuadros del PRI, PAN o PRD que antes combatían al movimiento— salten oportunistamente al barco ganador.
- Premio al recién llegado: Bajo esta lógica cínica, se les premia con candidaturas y cargos públicos bajo la excusa de su «experiencia de gobierno».
- Abandono de las bases: Mientras tanto, el militante histórico es ignorado porque la cúpula asume que «no tiene a dónde ir» y que seguirá votando por mera convicción.
La domesticación de la dignidad
Al final, se exige una disciplina ciega que anula el debate interno y engulle las conciencias.
Las habilidades que sirvieron para la valiente resistencia civil (la intransigencia moral y la movilización) chocan de frente con las reglas del ejercicio público (el pacto, la concesión y la diplomacia).
Al negarse a domesticar su dignidad frente al arribismo, los perfiles históricos quedan relegados a meras figuras decorativas:
Aplaudidores morales sin poder real de decisión.
La conclusión es tan vieja como la historia misma:
Los militantes históricos son los arquitectos de la demolición del viejo régimen, pero rara vez se les contrata como los ingenieros de la nueva construcción.
Como el mito de Saturno, el monstruo institucional engulle a sus propios creadores, demostrando que en el banquete del poder, el pragmatismo de los chapulines siempre cotiza más alto que la gratitud histórica.

