La presión del gobierno de Donald Trump hacia México para endurecer la lucha contra los cárteles

Arturo Cueto DETONA® Coloca nuevamente en el centro del debate una estrategia que ha marcado la política de seguridad en las últimas dos décadas: la “decapitación” de los grandes líderes criminales.

Por Arturo Cueto
Arturo Cueto - avatar
Foto tomada de la red
PRESIONA YEscucha

Si hoy se confirmara el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, el hecho sería presentado como un golpe histórico contra una de las organizaciones más poderosas y violentas del país.

En términos políticos, sería una noticia favorable para el gobierno de Claudia Sheinbaum. Mostrará capacidad operativa del Estado, cooperación internacional y resultados concretos ante una exigencia externa. 

En el plano diplomático, también enviaría el mensaje de que México no es omiso ante el tráfico de drogas y la violencia asociada.

Sin embargo, la experiencia mexicana sugiere que el impacto social puede ser mucho más complejo.

El efecto de la fragmentación

Cuando cae un líder de alto perfil, rara vez desaparece la estructura criminal, lo que suele ocurrir es una disputa interna por el control del territorio, las rutas y las finanzas. 

Surgen facciones, células regionales y grupos escindidos que compiten entre sí, esta fragmentación tiene varios efectos:

  1. Aumento de violencia local: Las disputas por plazas suelen traducirse en enfrentamientos abiertos.
  2. Diversificación criminal: Al perder cohesión y recursos, los grupos más pequeños tienden a financiarse mediante delitos de alto impacto directo contra la población: extorsión, secuestro, cobro de piso, robo de transporte de carga, asaltos carreteros.
  3. Menor “control” territorial centralizado: Paradójicamente, un cártel fuerte y vertical puede imponer reglas criminales relativamente estables en ciertas zonas. Cuando se fragmenta, la violencia se vuelve más impredecible.

Este patrón ya se observó tras la captura o abatimiento de otros líderes en distintos momentos de la llamada “guerra contra el narcotráfico”. 

El Estado obtiene una victoria táctica, pero el ecosistema criminal se adapta.

La paradoja de la seguridad

Para el ciudadano común, el problema no es la existencia de un capo mediático, sino la seguridad cotidiana:

Poder circular en carretera sin riesgo, no pagar extorsión para operar un negocio, no temer un secuestro exprés. 

Cuando los grandes cárteles se fracturan, estos delitos tienden a multiplicarse porque son más rentables y menos complejos que el tráfico internacional de drogas.

Aquí aparece una paradoja, lo que es un éxito estratégico en la narrativa gubernamental puede convertirse en un deterioro de la seguridad inmediata en ciertas regiones.

Más allá de la “decapitación”

La reflexión de fondo es que la eliminación de un líder no equivale a desmantelar las condiciones que permiten que surjan otros:

  • Redes financieras que lavan dinero.
  • Corrupción local que facilita la operación criminal.
  • Economías regionales dependientes de actividades ilícitas.
  • Debilidad institucional en policías municipales y fiscalías estatales.

Si no se atacan simultáneamente estos factores, la estructura se regenera, aunque cambien los nombres y las siglas.

Una oportunidad o un riesgo

La caída de un líder como Oseguera podría ser una oportunidad si se acompaña de:

  • Intervención rápida para evitar disputas violentas.
  • Protección reforzada a sectores vulnerables (transportistas, pequeños comerciantes).
  • Inteligencia financiera para congelar recursos.
  • Fortalecimiento de justicia local.

Si no ocurre así, el resultado puede ser un periodo de mayor inestabilidad.

Arturo Cueto
Economista por la Facultad de Economía de la UANL. Ha sido funcionario de organismos empresariales y del sector público, estatal y federal. Micro empresario y profesionista independiente desde hace 20 años. Se desempeña como promotor cultural.