Turismo, cultura y balas: la paradoja de Teotihuacán

No se trata de un sitio cualquiera.
Teotihuacán es uno de los destinos arqueológicos más visitados del mundo, pieza clave del turismo internacional en México.
Su cercanía con la Ciudad de México, su monumental arquitectura prehispánica y su buen estado de conservación lo convierten en un emblema cultural y económico.
Y precisamente por eso, lo ocurrido no sólo es trágico: es inadmisible.
La pregunta es inevitable:
¿Cómo es posible que en una zona federal de esta relevancia no existan protocolos eficaces para prevenir la introducción de armas de fuego?
No estamos hablando de una falla menor, sino de una omisión estructural.
En un espacio bajo resguardo del Estado, donde deberían concurrir tanto la Guardia Nacional como el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), resulta difícil justificar la ausencia de medidas básicas de seguridad: arcos detectores de metales, revisiones manuales, personal suficiente, protocolos claros.
La ausencia de estos mecanismos no es casual. Es síntoma.
Y ese síntoma apunta a un problema más profundo: la precarización sostenida del sector cultural en México.
Desde 2018, el presupuesto de la Secretaría de Cultura ha sufrido una reducción significativa en términos reales.
Para dimensionarlo: en 2013, último año de Felipe Calderón, el gasto en cultura rondaba los 16 mil millones de pesos.



