Un Estado en estado interesante

Durante mi infancia no me importaron demasiado el calendario civil y el litúrgico, el viejo y el nuevo.
Ese desapego infantil por el calendario es como una defensa propia contra el determinismo.
Un poco intuir que nuestro destino no lo decide la Divina Providencia ni las Moiras, sino la masa humana corriendo estúpidamente hacia el abismo.
REDONDITO
Al menos me consolaba suponer que la edad de la inocencia terminaría cuando no cayera en las bromas del 28 de diciembre. Esa era mi esperanza… ¡pero no! Sigo cayendo redondito, figurativamente redondito, aclaro.
De niño sí era un poco más escéptico, nunca me creí que los bebés nacían en plantas de repollo.
Lo comprobé en la huerta de don Margarito; a sus repollos no les crecían más que orugas y chapulines.
Tampoco creía lo de las cigüeñas, según yo porque en Nuevo León no hay cigüeñas sino garzas, y como son pequeñas no pueden cargar a niños en sus picos.
Así que las señoras reineras debían arreglarse solas para gestar y parir.
Un ejemplo de que premisas falsas sí pueden llevar a conclusiones más o menos ciertas.
Ya no seguí explotando este tipo de enrevesados procesos mentales; de haberlo hecho hoy sería un político brillante, o un obstetra.
Lo que me recuerda que debo felicitar al joven Samuel y a su más joven cónyuge por su, de ambos, embarazo.
Este tipo de cosas despiertan empatía instintiva que, si bien es útil políticamente, también lo es para una pareja primeriza.
Ojalá que ese embarazo llegue a buen fin.


